Hoy las podría resumir en una: la imposibilidad manifiesta de asistir a todos los conciertos en los que deseo estar. No hay suficiente monetario y, a veces, no hay tiempo. La oferta cultural, musical, en la Barcelona de nuestros días es nutrida. Tal vez no lo suficientemente variada en cuanto a programación, ni demasiado justamente tratada por el público; pero haberla la hay.
Leía recientemente que en la actualidad se oye mucha música pero se escucha muy poca. La culpa culpita será, como siempre, de nadie en particular y de todos en general. Hoy es tan fácil reproducirlo todo que el valor de lo reproducido va perdiéndose en el camino. Cuántos contemporáneos de Mozart pudieron escuchar La flauta mágica, hit de la época donde los haya. Cuántos pudieron hacerlo más de una vez. Hoy podemos escucharla mientras asamos un pimiento y parece que a ese hecho le damos el mismo valor que a un ídem.
Yo soy una consumidora desmedida de productos musicales, uy Risto Mejide anda en mi cabeza y empleé su vocablo, espero que no me cobre derechos. Me gustaría ser menos, más, es decir, ser no tan quiero más y más. Me gustaría paladear con parsimonia y decoro eso que con relativa facilidad ponen los medios a mi alcance. Y siendo ese mi buen propósito, en lugar de dosificarme, me lamento por no poder acceder a lo que queda fuera de él. Ya saben, por falta de dinero, de tiempo… de contención, añadiré.
A estas alturas, se habrán dado cuenta de que escribo esto, no para dar lecciones a nadie, sino para amonestarme a mí misma. Si tuviera que ponerme, no sólo a oír, sino a escuchar toda la música en formato digital que acumulo en mi casa dejaría de escribir en este blog, dejaría de ir a trabajar, de ver a mis familiares y amigos, de leer… ¿Entonces?
Pues ahora mismo, empezar por reconocer que vivo en la abundancia musical, que mientras escribo esto suena Miles Davis en mi equipo de música, que elijo cuándo y dónde escucho la música que me gusta. También prometerme que este milagro, (que cuidado: he agradecido siempre a…, que he agradecido siempre), debo disfrutarlo más despaciosamente. Y por último, confesar un motivo del presente post: el pasado 28 de abril, no pude asistir al concierto que el mago de contrabajo, Javier Colina, y la delicadeza hecha cantante, Silvia Pérez Cruz, ofrecieron en el Palau de la Música. Canciones latinas a ritmo de jazz con Marc Miralta a la batería y Albert Sanz al piano. Pena de las que maltratan, proclamo, mientras medio oculto que no hace mucho pude escucharles en L’Auditori. Sí, es gula. Pero es que me he acostumbrado a los directos, y ahí va, otro motivo para el post: medios de reproducción a nuestro alcance, re-productos a la venta, porque el CD : En la imaginación (Nuba Records / Contrabaix, 2011) ya está a la venta… pero el directo. Tengo un hambre voraz de directo que no puedo reprimir. Existen varios culpables. Otro día se los señalo, así, con mala educación incluso.
La única vez que he saludado a Javier Colina, de las varias que lo he visto (y escuchado), le dije que nada me agradaría más que poder tenerlo una vez a la semana, o cada quince días, por no abusar, en el salón de mi casa para una sesión, unos temitas, un ensayo… lo que quisiera. Y me dijo que era cuestión de hablarlo. Yo, es que no esperaría más, Javier: hablemos, hablemos.
La tarde (Sindo Garay)
La luz que en tus ojos arde
si los abres amanece
cuando los cierras parece
que va muriendo la tarde.
Las penas que me maltratan
son tantas que se atropellan
y como de matarme tratan
se agolpan unas a otras y por eso
no me matan.