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De Córdoba me quedé prendado.

Las flores llenaron Auserones

Corazones en la mano, abiertos como naranjas al sol.

Lunitas llenas de aromas de azahar con gotas de lluvia salpicando adoquines.

Venía el poeta a caballo

Entre la esperanza, el deseo… la desesperación, y el miedo al mañana.

Nos quedamos en silencio, solo un momento,

Y el miedo fue menos porque estuvimos juntos.

Anónimo, primavera de 2011.

Llegamos con necesidad, con mucha necesidad, de música, palabras, compañía, risas… y, al mismo tiempo, íbamos cargados con lo mismo. Prodigioso contrasentido. Si me dejan, les empiezo a explicar y me van disculpando si, al final, no acabo lográndolo del todo.

En Córdoba nos esperaban unos amigos, al poco llegaron otros, llegó el conferenciante (gorra, gafas de sol y resfriado) … se reunía el clan del can, amigos de la rueda y otras piezas del carro. Amigos que, acercándose pero no siguiendo exactamente el significado que le dieran psicoanalistas varios, eran nuestros imagos. Danzan las letras para mencionar las imágenes de un inconsciente colectivo que viene haciéndose nuestro desde hace tanto tiempo. Éramos conscientes de ello, por eso hubo una puesta en escena, un escenario y unas butacas; pero el encuentro iba más allá. Había orden, pero esa noche no iba a haber concierto. Con ayuda de registros de imagen y sonido, se convocaron en éste espíritus de otro tiempo. Se creó una atmósfera propicia en la que un gran conocedor/hacedor de canciones se dispuso a dar cumplida explicación de sus afectos musicales y vitales: de la excitación de las búsquedas, de los asombros de los encuentros, de la maravilla de tantear e intentar. Y comenzaron a eclosionar los recuerdos suyos y de todos. Porque, y hete aquí el acontecimiento, su memoria y su verbo despertaron, en lo ajeno, lo propio. En nosotros lo suyo. Habíamos acudido a la llamada con las copas vacías ávidos de referencias, noticias, anécdotas. Ávidos de saberes. Pero, a medida que nos hablaba, en nuestras cabecitas rebullían experiencias que, como espejuelos, reflejaban las suyas. Y le dábamos muda réplica con el asentimiento de éste, el reconocimiento de la otra, las sonrisas de la mayoría, las felices coincidencias de casi todos. Coincidencias diferentes, vosotros me entendéis.

Hablaba y sonreía; hablaba y, serio como un chiquillo, escuchaba en silencio retazos de unos fragmentos musicales a modo de ejemplo, previa y cuidadosamente seleccionados. Ahí estaba Santiago Auserón echando mano de la palabra, que como es sabido nunca le ha sido esquiva, para desgranar el fruto de una larga reflexión y viniendo a darnos, de su particular, urdimbre para nuestro general. Lo particular compartido, tarea de pensadores. Tras larga meditación, tras apropiado reposo, las ideas maduras se vertían generosas en las copas llenándolas hasta el borde. Y en el discursear, riguroso pero distendido, profundo pero fluido, entrañable a ratos, divertido los más, se veían brillar fuegos fatuos que, tengo para mí, iluminaban sus propios pensamientos, pulían los cantos rodados de sus conceptos. Fue una clase con clase, que no pretendía dar lecciones de nada y dio enseñanzas de mucho. El orador, tomó la guitarra y se marcó unas cuantas coplas para que no nos olvidáramos de deleitarnos aprendiendo, aunque de deleite andábamos servidos. No son cosas se vean cada día, aunque estaría bien que así fuera. Fue la música contada, y sucedió una noche de mayo en Córdoba.

***

(pd: La que, a partir de ahora, propongo denominar la lección de Córdoba se prolongó por claustros, cafés, patios, plazas, iglesias, tabernas, calles, puentes y otros rincones que no vamos aquí a mencionar para que ustedes imaginen. Y hubo un espacio para risas, juegos, brindis y más juegos. Y las frases que encabezan esta nota son el resultado del azar y la complicidad. Tomen un poquito, porque les pertenece.)

DISCULPA

No me tachéis de inconsecuente porque mi corazón haya sido apresado

por una voz que canta:

Hay que estar serio unas veces y otras dejarse emocionar:

como la madera,

de la que sale lo mismo el arco del guerrero que el laúd del cantor.

IBRAHIM IBN UTMAN (Córdoba, S. XII). Alfaquí y poeta.

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