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Andreu Buenafuente. Humorista, hombre de radio, de televisión, escritor, fotógrafo, dibujante, empresario, … ha dicho de sí mismo que hace muchas cosas pero ninguna bien. No estoy en absoluto de acuerdo y, sin su permiso ni el de nadie, me explicaré.

Avatar que utilizó Buenafuente en Twitter, otra de sus aficiones

Hace tanto tiempo que sigo su carrera que sucede esa cosa, entre tierna y absurda, de considerarlo algo mío. Me parece que mantener esa relación con las personas públicas que admiramos y/o respetamos por alguna razón no es malo. Desde el respeto, el cariño y el realismo, insisto, no se me duelen prendas al admitir que este individuo, para mí conocido en lo público y desconocido en lo personal, me aporta muy buenos ratos. No vayamos a pretender más pero tampoco vayamos a pensar que es poco. La realidad es que sí nos conocemos porque en una ocasión, hace mil años, colaboramos profesionalmente pero eso es mera anécdota. Lo que sí me importa resaltar es que a poco que a alguien le gusten las artes del espectáculo y, sobre todo, el arte de la comunicación encontrará en Andreu Buenafuente a un joven maestro. Poco a poco van entrando las canas y los años pero el humor lo mantiene y lo mantendrá, me juego lo que sea, en una envidiable forma mental. Programa tras programa, proyecto tras proyecto ha ido construyendo lo que muchos llaman el Imperio de El Terrat, su productora (suene ahora el tema central de Star Wars como fondo musical). Buenas y estratégicas alianzas, que más de uno critica y/o envidia, e incluso critica por lo mucho que las envidia, lo han llevado a eso que se llama “ser alguien” en el mundo del show bussines. Y ahora, dicen, ha llegado a un punto de su carrera en el que se permite hacer un poco lo que le viene en gana y que va de sobrado. Vale, bueno, de acuerdo. Yo no pienso lo mismo. Me apuesto lo que no tengo, pero me lo apuesto con ganas, a que a Buenafuente le quitas todo lo que ha conseguido durante tantos años y seguiría siendo alguien y seguiría haciendo lo que le viniese en gana. Espero no tener que comprobarlo, pero cuando alguien sabe lo que quiere y quiere lo que hace resulta que el ser puede más que el tener. Lo digo convencidísima.

En su carrera no todo han sido “flors i violes”, como decimos los catalanes. Me consta que le han jugado alguna mala pasada su cerebro hiperactivo y su implicación en el trabajo. Me acuerdo de los que le vaticinaron varios batacazos en su “salida” a territorio nacional español desde el territorio autonómico catalán. Pero Buenafuente siempre ha vuelto por su propio pie. Por mérito propio y por su increíble capacidad de ser líder sin renunciar a la magia indestructible del trabajo en equipo. Me lo han contado, pero además lo he visto cuando aún no tenía presbicia. Hablo de mi, no de él que lleva gafas pero ignoro si lo suyo es vista cansada. Creo que buen ojo no le falta, al menos yo le envidio esa capacidad de estar en la onda de muchos temas. Me provoca su juego entre lo público (no sólo su papel en los medios, sino también su utilización de Twitter o su inmensa colección de fotos y videos personales) y lo privado que mantiene celoso y, a veces, receloso. Ya lo ven: podría estar horas elogiando a Buenafuente, así porque sí. Sin que nadie me lo haya pedido. Pero me apetece. Su trabajo me hace disfrutar, me distrae, me interesa.

Como hace algunas noches, en la gala que organizó a favor de la Fundación Yamuna para construir escuelas en Madagascar. Un éxito absoluto de público y de artistas colaboradores: Manolo García, Santiago Auserón, Joan Vinyals, Love of Lesbians, Berto Romero… Fue un evento impecable, sencillo pero energético al que cada uno acudió con sus razones, muy diversas por supuesto, y que Buenafuente organizó por la suyas, faltaría más. Me gusta cuando nadie engaña a nadie.

Con Berto Romero o el dúo más dinámico.

Sigo al Andreu desde hace tiempo, repito. Le debo mucho a sus monólogos, que me han rescatado de tristezas muy hondas en más de una ocasión, leo con interés las opiniones de su blog aunque no siempre esté de acuerdo con ellas, afortunadamente (¿a que ya les estaba empezando a preocupar mi ciega devoción?), y sus dibujos me intrigan mucho (voy detrás de uno, se sepa)… pero lo que sigo con más asiduidad son sus fotos. Qué obsesión por atrapar la vida raruna. Me gustan las instantáneas que cuelga en su blog, fotos en su mayoría de cámara digital compacta, fotos del momento, fotos rápidas, cogidas al vuelo. Aunque el propio Buenafuente habla de los fotógrafos, los grandes, que le deslumbran por su calidad, que descubre como tesoros. Así define sus cualidades “Sobriedad, pureza, algo de poesía y un regalo para la mente.”

Iba a terminar este post diciendo que Buenafuente me gusta porque le considero un intelectual del humor, un hombre del renacimiento trasladado al siglo XXI y un niño grande que se mete a las gentes en el bolsillo de esa americana que abrocha y desabrocha con el gesto nervioso de quien, tal vez, no quisiera mostrarse tanto ante el público pero no lo puede evitar. Buenafuente, concluiría, es pues inevitable para sí mismo, inimitable e imprescindible para mí.

Pero no. Voy a añadir unas palabras más. Estimado Buenafuente: la curiosidad no mató al gato. La curiosidad es un cualidad made in Buenafuente, a dios, gracias ;)

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