Susan Sontag: intelectualidad y estrellato por Pepi Bauló

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La editorial Anagrama acaba de publicar una biografía de Susan Sontag firmada por Benjamin Moser: un volumen de casi 800 páginas avalado por 7 años de investigación, cientos de entrevistas y un premio Pulitzer. La crítica española ha celebrado el lanzamiento y ha cubierto ampliamente la presentación en la Ciudad Condal coincidiendo con la exposición dedicada a los ensayos de Sontag sobre fotografía (Centre de la Imatge de La Virreina). Como todo lanzamiento que se precie, este llega con el eco de la polémica que ha suscitado esta monumental biografía “no autorizada por nadie” (al parecer las dos personas más cercanas cuando aconteció la muerte de la escritora, es decir, su hijo David Rieff y la fotógrafa Annie Leibovitz, han cruzado reproches entre ellos y hacia el biógrafo).

Pero no han sido las polémicas las que me han sorprendido y atraído de esta publicación, sino las declaraciones del propio Moser sobre la doble (tal vez triple o más) personalidad de la Sontag dividida entre una carácter de hierro y una inseguridad patológica. La biografía revela a una persona que desde muy joven comenzó a crearse su leyenda, la imagen con la que se presentaría al mundo y con la que lograría destacar en él. Poseedora de un físico llamativo, su mente estuvo tan dotada para el análisis crítico de la realidad como para la ambigua creación de un personaje mediático del calibre de una diva del cine o una estrella de rock.

Sontag. Vida y obra se ha anunciado como “el libro definitivo sobre una de las intelectuales más influyentes del siglo XX, alguien que participó en todos los debates relevantes de su época, pisó todos los charcos, dejó un corpus filosófico y literario monumental y además se convirtió en una especie de icono pop por el camino, la imagen viva de la intelectual pública engagé(Begoña Gómez Urzaiz. Vogue)

Andrés Seoane, en las páginas de El Cultural, recoge la propia sorpresa de Moser ante el fulgor mediático de su biografiada: “No obstante, una de las grandes decepciones de Moser fue descubrir que “nadie la ha leído, lo que me generó una frustración muy grande. La gente tiene un conocimiento minucioso de su personaje y sus luchas, pero muy superficial de su obra. Se focaliza en su personalidad, en sus avatares vitales, pero no habían leído la obra, y eso me entristece”. Algo que compensó la fascinación de escribir sobre una persona “cuyos ídolos, además de Thomas Mann, eran Bette DavisGreta GarboMaría Callas, Medea, Juana de ArcoElla se veía como mujer en esa genealogía y llegó a ser una de ellas. Fue una estrella de Hollywood con la cabeza de Sartre, y esa es una figura que no hemos vuelto a tener en Estados Unidos”.

Ha habido casi unanimidad en reprochar la falta de empatía del autor con algunos de los aspectos más controvertidos de la Sontag, como si no caer víctima del síndrome de Estocolmo investigador fuera un fallo irreparable, lo cual chocaría frontalmente con la confesión de Moser sobre que todavía ahora mantiene diálogos imaginarios con ella.

La recepción del libro ha provocado críticas no solo hacia el autor sino hacia la propia Susan Sontag, como si juzgar su biografía fuera la oportunidad de volver a reivindicarla o atacarla. Algunas voces han afeado la falta de posicionamiento de la escritora en relación al colectivo LGTBI de su época siendo que ella misma nunca asumió sus relaciones lésbicas. Otras ven en su estilo de vida radical chic una flagante contradicción con los postulados ideológicos de izquierda que defendía. En cuanto a su relación con la vida pública, se dice que era reacia a las entrevistas pero que se desvivía por asistir a los eventos.

Ay, el radical chic: esa expresión me ha llevado de inmediato de establecer conexiones con mi reciente lectura del artículo de Víctor Lenore, La izquierda ‘photocall’, medio siglo de disfunciones culturales en el que, parafaseando a Tom Wolfe, alude a: “quienes utilizan causas sociales legítimas para subrayar su altura moral y presumir de cercanía con los oprimidos, sin renunciar nunca al glamur”. Y también a recodar que, hace dos años, Daniel Schreiber había titulado su biografía sobre la misma protagonista que nos ocupa: Susan Sontag. Intelectualiad y glamour (Tajamar Editores). Para acabar con el repaso a las voces desidentes, mencionaré a una Camille Paglia, siempre beligerante con Sontag, burlándose directamente de ella por algo que otros consideraron una proeza cultural: el montaje de Esperando a Godot de Samuel Beckett en un Sarajevo sitiado por los bombardeos. Entonces cae, inevitablemente, sobre la afamada escritora, la sombra del postureo y la banalización. Abrochénse los cinturones porque si se habla de Sontag las turbulencias son… inevitables.

Todo lo dicho me lleva, por así decir, a la reflexión del día: ¿en qué punto el intelectual moderno traspasó la línea entre una existencia reflexiva, más o menos autónoma, divulgada en los ámbitos propios del conocimiento a una, cada vez más creciente, pertenencia a la industria del espectáculo?

Como es sabido, el término fue acuñado a finales del siglo XIX a raíz del caso Dreyfus para designar a cuantos personajes relevantes del mundo de la cultura intervinieron en el juicio. Quedaba inaugurada esa pretensión de no solo reflexionar sobre aspectos de la realidad sino que esas reflexiones influyan en su devenir. Pensadores con derecho a interferencia vista como compromiso o, al menos, como implicaciones directas.

Sea este o no el primer “momento estelar” de la figura del pensador engagé, creo que nos sirve para enterder sobre a qué me refiero cuando hablo del intelectual estrella. Desde que esta figura adquirió popularidad hemos asistido al nacimiento del juez estrella, del deportista estrela, del novelista estrella, de la modelo estrella y, recientemente, del cocinero estrella. Vaticino que en las actules circunstancias de pandemia mundial los próximos en encaramarse al Olimpo mediático serán el doctor y el científico estrella.

Por supuesto este orden de cosas no es nuevo, desde siempre se ha puesto foco en todos aquellos que han descollado en su profesión por sus obras y su valía. Pero existe un momento, ese que me interesa fijar desde que he comenzado a escribir sobre la bio de Sontag, en que el reconocimiento no dependía tanto de la valía del individuo como de otros factores tangenciales (escándalos personales, apariencia física, perfil sexual, clase social…) que lo hacen más o menos explosivo dentro de la sociedad en la que se mueve. No digamos ya cuando ese intelectual seduce o es seducido por las órbitas del poder político, institucional o económico. ¿Puede entonces un pensador desarrollar su cometido, aplicar su juicio, difundir sus análisis sobre el mismo sistema en que se halla inmerso? Las leyes del mercado al que debe su fama y estrellato no tendrán ninguna objeción en admitir y fagocitar esa situación, lo uno y su contrario. Para eso son leyes de mercado. Será entonces el propio intelectual el que tendrá que valorar el precio de su autonomía y, sobre todo, de su credibilidad.

Por acabar, y solo como apunte que nos llevaría a seguir escribiendo abundantemente sobre el tema, señalaré la obra del escritor mexicano Jorge Luis Volpi quien ha investigado a fondo el papel del intelectual en la sociedad contemporánea en dos libros distintos pero a mi juicio complementarios: La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968, (Ediciones Era, México, 1998) y La guerra y las palabras. Una historia intelectual de 1994, (Seix Barral, Barcelona, 2004). En este último, la figura de subcomandante Marcos y su relación los grupos intelectuales, tanto mexicanos como internacionales, me parece un ejemplo riquísimo de esos nuevos roles a los que me referí anteriormente.

Hay mil y un motivos para leer esta biografía, eso está fuera de toda duda. Es un trabajo valiosísimo que solo puede ser superado por la lectura directa de los Diarios de la escritora. Mi apunte solo aspira a la necesidad de encontrar la posición mental adecuada para leer a Susan Sontag. Recordemos que para Moser era insufrible ver que de los cientos de personas que se sentían capacitadas para hablar de ella porque conocían a la “leyenda”, solo unas pocas la habían leído. La confesión de Moser, no se nos escape, es una constatación pero también busca provocar curiosidad. Lo mismo con su insistencia sobre las mentiras o las omisiones con las que Sontag cubrió grandes parcelas de su existencia. Como lectora de parte de su obra, me produce placer ser lectora de parte de su vida. Saber que la verdad se esconde, probablemente, en esa otra parte a la que no se puede acceder es lo que la hace más interesante.

Do stuff. Be clenched, curious. Not waiting for inspiration’s shove or society’s kiss on your forehead. Pay attention. It’s all about paying attention. attention is vitality. It connects you with others. It makes you eager. Stay eager.

Susan Sontag.

Hacer cosas. Ser apremiante, curioso. Sin esperar el empujón de la inspiración o el beso de la sociedad en tu frente. Presta atención. Se trata de prestar atención. La atención es vitalidad. Te conecta con los demás. Te pone ansioso. Mantente ansioso.