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Yo iba a menudo a comprar con Daga a la Piazza. En una ocasión quise comprar almendras en una tienda. No sabía cómo se decían las almendras en italiano, y el vendedor no entendía lo que yo quería de él. A mi lado había un hombre y dijo: «Señora, ¿me permite ayudarla?» «Por favor», respondí. Conseguí las almendras y salí con mi paquete a la Piazza. El caballero me siguió y me preguntó: «¿Me permite acompañarla y ayudarla con el paquete?» Lo miré y él continuó: «Permítame presentarme: Doctor Walter Benjamin». Le dije mi nombre.

A. Lacis

Cuanto más cerca miras una palabra, de más lejos te mira.

W. Benjamin 

Uno se enamora cuando puede, no cuando quiere.

R.Amills

 

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Hay pocos retratos de la mujer llamada Asja Lacis, cuyo verdadero nombre era Anna Ernestowna Liepiņa (Ligatne, Letonia, 1891 – Riga, 1979). Tal vez no le agradaba posar ante la cámara, tal vez alguien las destruyó o simplemente nadie las guardó. Tal vez no tuvo mucho tiempo para hacerse fotos, como tampoco, según nos cuenta Roser Amills en su último libro, tuvo el tiempo preciso para amar como le hubiera gustado.

De la escritora y periodista Roser Amills (Algaida, 1974), existen multitud de registros tanto fotográficos como audiovisuales. Y es que a Roser, verdadera dominatrix del ciberespacio y sus tecnologías, sabe posar delante de las cámaras usándolas como instrumento con el que acercarse a su público. Como Asja, Roser es creativa, inquieta, multifacética,… me consta que además ha tenido, tiene y tendrá tiempo para dedicar al Amor, sea como tema de estudio y reflexión, sea como sentimiento personal.

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Roser Amills. Foto Alberto Calaf

No pretendo seguir haciendo la comparativa entre la autora y su personaje aunque haya iniciado el texto desde ese planteamiento para subrayar que si alguien, aquí y ahora, debía escribir una novela sobre la vida de la directora de teatro rusa Asja Lacis, esa es Roser Amills.

La reivindicación de la mujer en la sociedad, como en otras de sus obras, es la dominante de Asja Lacis, amor de dirección única (Comanegra, 2017) y el principal motivo por el que la mallorquina se ha sentido llamada a enmendar un olvido histórico. La figura de Asja se hallaba bastante desdibujada en la bruma de entre siglos, justo cuando las mujeres se liberaron de manera notable en lo social, entraron en la vida política, dirigieron revistas, alcanzaron cierta independencia económica y jurídica, decidieron aspirar decidir a quién, cómo y cuándo entregaban su cuerpo…  Sin embargo, real y oficialmente, seguían permaneciendo en la órbita de los hombres, de los grandes hombres y de los pequeños, a su sombra, habiéndose de ganar a pulso el derecho de simplemente frecuentar aquellos lugares de poder, de cultura y de ciencia en los que ellos ocupaban como conquistadores exclusivos.

Sugerencia 1:

Si estáis leyendo esta crítica es porque

  1. Habéis leído el libro
  2. Vas a leer el libro
  3. Conocéis a Roser, a Asja o/y a mí

En cualquiera de los casos, además de la lectura, es recomendable asistir a alguna de las presentaciones que Roser está realizando en diferentes librerías y espacios afines. Allí os informaréis de quiénla puso sobre la pista de la dramaturga o porqué es recomendable leer esta novela escuchando a Marlene Dietrich cantar Lili Marleen.  

La fuerte personalidad de Asja despuntó desde su juventud. En su frenética existencia fue actriz, crítica y directora de teatro, activista cultural y defensora de causas sociales. Abanderada del movimiento bolchevique, en un momento convulso de la historia de Europa, acabó pasando diez años en un gulag como represaliada política.

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Asja con su primer marido, Julius Lacis

Cuando conoció al filósofo y escritor judeo-alemán Walter Benjamin (Berlín, 1892 –  Portbou, 1940), ambos tenían pareja e hijos, pero los vínculos que establecieron entre ellos saltaron por encima de cualquier convencionalismo. Aunque nunca mantuvieron una relación estable, la más inestable de las pasiones les unió siempre y un poco más allá de la muerte.

De hecho, el relato biográfico novelado que firma Amills, comienza cuando, al regresar de su confinamiento y visitar a Bertold Brecht, Asja descubre que su amigo y amante, ha muerto hace años en el pueblecito fronterizo de Portbou, posiblemente suicidándose al no poder soportar la persecución de la que era víctima como intelectual judío en la Europa de la Segunda Guerra mundial. En ese momento, algo mueve el corazón de la mujer que tiene que “comprender de golpe a un amor que ya murió físicamente y, tras sentir el dolor, decidir que iba a remontar la corriente de los recuerdos” para ir en a su encuentro.

Querer comprender en profundidad a quien se ama, o se ha amado, es misión para unos pocos valientes. Asja la acepta y escribe unas notas que, al parecer, remitió a Brecht  pero que este no llegó a recibir. Roser Amills acepta crear un viaje para que, esta vez sí, Asja pueda contarle al mundo cómo era el Walter Benjamin que conoció. Aunque el cruce de biografías había sido intermitente, irregular e inclasificable, el valor asiste a Asja para iniciar ese viaje memorialístico que recupera imágenes, frases, gestos,… y con ellos: certezas dolorosas, tiernas dudas. Se trata de completar desde la narrativa aquellos episodios inconclusos o desgastados de una atracción afectiva e intelectual. La labor literaria de Roser Amills en este asunto es un necesario y terco rescate del pasado. Las notas de Asja Lacis, en verdad, un rescatarse a sí misma justo en el momento de comenzar una nueva etapa de su vida.

Cuando Asja toma el tren, ignora que los lectores la acompañaremos guiados por Amills que utiliza el ferrocarril como trasunto del pensamiento. Al compás de su vaivén, con los tempos de su velocidad, hace avanzar la historia de dos personas que, sin dejar de acercarse y alejarse constantemente, vivieron en una “calle de dirección única”, título de una obra que el filósofo dedicó a su amiga.  Porque como diría el poeta José Agustín Goytisolo: “Tú no puedes volver atrás porque la vida ya te empuja como un aullido interminable”. No vale la pena llamarse a engaño porque la protagonista sabe, la escritora sabe y el lector acabará coincidiendo en que “aun cuando vamos acompañados, el viaje de la vida es siempre, en el fondo, un tránsito en soledad”.

Sugerencia 2:

En pura lógica, cuando acabéis de leer el libro de Roser Amills podréis elegir otro cualquiera para vuestro solaz. Pero apostaría a que muchos vais a querer leer algo más de Asja, o de su amigo Bertold Brecht o del propio Walter Benjamin. Deliberada y tendenciosamente, esperando que Roser me disculpe, no puedo dejar de aconsejaros que leáis cuanto antes algo de Benjamín. Por diversidad de motivos:

  1. Porque os ayudará a comprender muchos aspectos de la vida actual. A mí me ayudó y sigue haciéndolo.
  2. Porque a su modo, sincopado y fragmentario, dejó muchas pistas de su extraña manera de amor por Asja, sobre todo en Diario de Moscú (1926-1927) donde  encontramos frases como “lo que más me gustaría sería estar ligado a ella por un hijo. Pero lo que no sé es si, incluso hoy, podría enfrentarme a una vida con ella, a su asombrosa dureza y, pese a toda su dulzura, a su desamor también”.
  3. Porque podréis intentar averiguar por qué las mujeres que frecuentó se encandilaban con él entonces o porqué hoy, algunas, Roser y yo por poner un ejemplo cercano, siguen fisgoneando en la intimidad que se esconde tras su afamada figura pública.

 

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En la biblioteca nacional de París, la fotógrafa Gisèle Freund conoció a Walter Benjamin, con quien solía jugar ajedrez en un café cercano una vez que la biblioteca cerraba.

 

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Aclaración: he dicho que Benjamin encandilaba a las mujeres de su vida. Mejor podría decir que se sentían atraídas, interesadas, proclives a ser seguidoras del hombre cuya obra, vida y milagros iba a marcar las corrientes venideras del pensamiento europeo. Sin embargo, casi todas ellas también dispuestas a ejercer la crítica y contraponer los hechos. Benjamín, un cráneo privilegiado para el discurso intelectual, tuvo como todo hijo de vecino, un existir de luces y sombras.  Su personalidad, difícil para la convivencia, estaba poco preparada para la vida cotidiana y sus múltiples manifestaciones. Identificado de forma absoluta con la tarea de pensar, pasaba por ser un individuo complejo.

Asja no lo era menos. Como asegura la autora, el conflicto era su sustancia, la de Asja, la de Walter. A las numerosas cosas que les unen (el pensamiento, el goce, los proyectos profesionales…) se oponen igual número de circunstancias que les separan (los hijos, las parejas, los proyectos, las enfermedades, los acontecimientos políticos…) De hecho solo compartieron plenamente un breve periodo de sus vidas en Capri y Nápoles. Espacios fuera del tiempo porque, aunque corrían los locos años veinte, ellos estaban en unas coordenadas propias, libres de ayeres y mañanas, refugio de sensualidad  e ideas, especie de Edén. Acababan de conocerse e intentaron en vano prolongar aquellos momentos. Tenían obligaciones que cumplir, circunstancias poco favorables, ataduras. Aunque, siguiendo el hilo de la historia, uno no puede dejar de pensar que tampoco hicieron todo cuanto pudieron para evitar esa desventura. Cuanto más averiguas de Asja, y en esta obra averiguas mucho, más comprendes que dentro de la idea que ella tenía de sí misma y su misión, otro ser humano no encontraría cabida sino con dificultad. Concluyes que se comportó como se comportaría un hombre, como hizo el propio Benjamin: anteponiendo ese pensamiento a todo lo demás. Sí, a la felicidad también.

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Cuando Benjamin llegó a Moscú, Asja Lacis estaba ingresada, desde el mes septiembre de 1926, en el Sanatorio Rott, debido a una crisis nerviosa.

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Pero dejémonos de juzgar vidas ajenas. Centrémonos en destacar el modo cómo la autora ilustra una figura relevante como es la de Asja Lacis y, a través de esa misma figura, nos permite una nueva vía de acceso al autor del, entre otras maravillas, famoso Libro de los pasajes. Destacar la atinada elección del tema y su buena ejecución sabiendo que, a renglón seguido, ahora mismo, cometeré la osadía más grande de esta reseña crítica al atreverme a señalar que uno de los principales hallazgos de la obra puede llegar a ser, maldito doble filo, cuidado con las navajas, su defecto secundario.

Amills, sagazmente, da con una clave valiosa para interpretar el influjo de Asja Lacis sobre Walter Benjamín. Más allá de la atracción amorosa, de cualquier tipo de afecto. Admitido por el propio Benjamin en diversas ocasiones, reprochado por los amigos de él, como Gershom Scholem, el hecho incuestionable es que Asja influyó en varias decisiones del escritor hasta el punto que renunciaría a un viaje de estudios a Palestina o que se interesaría por conocer de primera mano el modo de vida bolchevique viajando a Moscú, a pesar de lo que le desagradaba el clima de la ciudad. Atendiendo a la información que conozco, y a la sin duda mucho más abundante que ha manejado Amills, la protagonista se convierte en una especie de médium a través del cual Benjamin se pone en contacto con la posteridad. Algo así como si fuera su intérprete trasladando a nuestros días un arsenal de referentes, amigos, lugares, motivos,… la materia embrionaria que conformó su obra.

 “En la mente de Asja se desplegó lo que él había dicho al pequeño Stefan: las cabezas como bibliotecas itinerantes. ¡Tenía tanto sentido…! Se revolvió, inquieta, en su asiento, consciente y conmovida de que su plan estuviera tan completamente en sintonía con su amado. La escritura profética de Walter se había anticipado demasiado a sus contemporáneos. Él no lo sabía, pero siempre hablaba para una posteridad que no llegaría a conocer y había dado en el clavo, como de costumbre. En efecto, Asja, ahora, rumbo a Moscú, era un archivo mental capaz de desplazarse en el espacio y en el tiempo; era una biblioteca que incluía la de Walter, pero también la de todas las personas que ambos habían tratado. Todo estaba perfectamente guardado, interrelacionado y etiquetado, aunque a simple vista no lo pareciera. Dio otro sorbo al té. Demostrarlo sería simplemente cuestión de tiempo”.

¿Y por qué digo que ello puede convertirse en el defecto secundario? Más allá de un juego de palabras, con el que deseo enfatizar que no me parece un hándicap al interés global de la biografía, planteo el peligro de que, una lectura superficial de esa labor de Asja vuelva a colocarla en el rol de la mera transmisora. Es decir, la duda de si de nuevo se impone, en negativo, la figura de Benjamin sobre la de Lacis. Por eso, muy consciente de las dificultades que habrá superado Amills para documentar la labor teatral y pedagógica de la actriz, su vida profesional y política, quedo ávida de conocer más profundamente a la mujer que da nombre al libro. Sé que no hay trampa ni cartón puesto que se nos ofrece una historia de amor edificante, en el sentido no moral de la palabra sino constructivo, y es lo que se nos da. Pero sabemos que es mucho más, que la intención de Amills es más ambiciosa. Que el amor es el pretexto para -y ahora diré todos esos conceptos que están tan de moda- empoderar, poner en valor, conferir importancia a la figura de Asja Lacis. Y porque lo sabemos me reitero en reclamar un foco aún más potente sobre su currículum.

Como poco escribió dos obras El Teatro Revolucionario en Alemania, (Moscú 1935) y El Clavel Rojo. Autobiografía (Riga, 1984). Trabajó o conoció a Vsévolod Meyerhold, Fédor Komissarjevski, Bernhard Reich (de quien fue compañera sentimental al tiempo que frecuentaba a Benjamín), Bertolt Brecht, Ernst Toller y Erwin Piscator. Es decir, la élite de la dramaturgia europea del momento. En algunos trabajos periodísticos, como el que escribieron sobre Nápoles, o teóricos, como el que dedicaron al proyecto de teatro infantil proletario los dos, Lacis y Benjamin, trabajaron  codo a codo. Con todo, no nos ciegue el amor de “madre” literaria ni de lectora interesada. No se trata de comparar de forma odiosa el calado intelectual de los protagonistas. Solo se trata de reconocer el de Lacis y por supuesto hacerlo no solo por su cercanía a Benjamin.

En conclusión: la balanza pesa enormemente del lado del escritor y filósofo alemán. Ello todavía hace más meritoria la labor investigadora de Roser Amills para lograr desplazar el biel de esa balanza unos centímetros. Si soy injusta y/o exigente es porque, insisto, prometo que por última vez, en que me quedo con necesidad de más madera sobre la labor de Asja, su entorno familiar, su ambiente laboral y político seguramente lleno de mujeres como Asja, involucradas en semejantes luchas y carreras de fondo.

Quiero que lo veáis ahora con los ojos del propio Benjamin. Reparemos en un detalle nada insignificante que marcó en los encuentros de la pareja: la cuestión física, no solo en el terreno sexual en el que, al parecer, nunca llegaron a acompasarse plenamente, sino en el hecho de que Asja padecía una enfermedad neurológica grave, para cuyo complicado diagnóstico contó con la ayuda de Benjamin. Tampoco podemos obviar la especial relación del escritor con el compañero habitual de Asja, en especial durante su estancia en Moscú. En esta biografía, Amills describe, fiel y minuciosamente, estos aspectos cotidianos en gran parte determinantes del desarrollo y el destino de la relación. Pero en medio de ese contexto casi doméstico y para corroborar lo que os digo reproduzco aquí un pasaje del Diario de Moscú de Benjamin, en el que el pensador, al fin y al cabo hombre fascinado por la personalidad de Asja, confiesa:

“Ayer por la tarde fuimos con Asja a una confitería. Allí ofrecen copas de crema batida como parte de su menú. Asja se pidió una copa con merengue y yo me tomé un café. Nos sentamos en una pequeña mesa en medio del salón, uno frente al otro. Asja recordó mis intenciones de escribir un artículo crítico sobre psicología, y me encontré constatando una vez más lo mucho que depende mi capacidad de abordar asuntos como ese de mi grado de contacto con ella”.

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“El único modo de conocer a una persona es amarla sin esperanza”. Walter Benjamin

 

Sugerencia 3:

No puede hacerse llevarse a cabo en este texto pero, quien quiera y tenga tiempo, habría que aprovecharse de  la lectura de este libro para reflexionar sobre:

  1. Géneros: diferencias entre biografía y biografía novelada o planteamiento directo de si toda biografía es una novelización.
  2. La (re)construcción del pasado y la memoria

Al respecto del segundo punto, dice Benjamin en su ensayo Imágenes que piensan:

La lengua nos indica […] que la memoria no es un instrumento para conocer el pasado, sino sólo su medio. La memoria es el medio de lo vivido, como la tierra viene a ser el medio de las viejas ciudades sepultadas, y quien quiera acercarse a lo que es su pasado tiene que comportarse como un hombre que excava”. 

Asja

T.W. Adorno y otros dudaron de la coautoría de Lacis en el artículo sobre Nápoles que escribió con Benjamin eliminando esta y otras menciones de su nombre. Así lo hicieron con la dedicatoria en el libro “Calle de dirección única” en la que el filósofo reconocía: “Esta es la calle de Asja Lacis, la ingeniera que la ha abierto en el autor.”

 

Benjamín- Lacis- yo misma

Aunque el filósofo se nos revele aquí como un niño grande que no acaba de tener el valor de compartir su vida con la de una mujer como Asja, mi admiración por el pensamiento de Benjamin hinca el diente con ganas a la narración que Amills consigue trufar de datos deliciosos, listos para ser devorados, como los días vividos en Ibiza, el paso por Barcelona, la afición por el ajedrez y esa querencia, que comparto plenamente, por los juguetes. El filósofo los compraba para su hijo pero en realidad le fascinaban a él quien, poseedor de un modo discursivo de pensamiento muy marcado por lo fragmentario, veía en los pequeños cachivaches, además de un ejemplo de artesanía en que la manufacturación pasa a la reproducción seriada, una miniaturización de la vida. Así lo interpretaba Susan Sontang en su libro de 1980, Bajo el signo de Saturno. En esa representación de ideas portátiles es posible reconocer una señal, como si el siglo XX se hiciera más llevadero en las maletas de Walter Benjamin. Sí, a pesar de que a su muerte no se encontrara aquella en la que supuestamente transportaba parte de su obra, esas valijas se han convertido en el símbolo de una Europa siempre en tránsito.

Ahora toca concluir y debo decidirme sin complejos a ser un poco cursi. Tengo sentimientos encontrados respecto a los dos protagonistas de Asja Lacis, amor de dirección única. Esto daría para hundir la tecla durante unas cuantas horas más. Pero por pudor y respetando vuestro merecido descanso voy a resolver en tres frases. Declaro que, porque les entiendo demasiado, veo su relación como un gigantesco juego de ambigüedades que lleva al dolor. El primero en ser sincero, pierde. Campeones ambos en esas lides, perdieron los dos.

Hay una conversación recreada por Amills, hacia el tercio final del libro, que me resulta por igual irritante y sugestiva. En boca de Benjamin, esta  frase:

“- Asja, te espero. El mundo se desmorona así más tranquilamente…”

En la pantalla de mi recuerdo ahora se proyecta una imagen. La del Memorial Walter Benjamin que se construyó conmemorativamente en Portbou hace unos años. Es una estructura de paredes de hierro que, desde lo alto de un acantilado, fuerzan una fuga de perspectiva hacia el mar. Cuando, en ese punto, el mundo se desmoronó definitivamente para Benjamin nadie sabrá si encontró algún sentido filosófico al desconcierto de su vida. Ni si Asja dejó de mirar con fijeza al pasado. Solo sé que algunos prefieren morir pero pocos quieren convertirse en una estatua de sal ¿verdad?

 Sea como fuere, Roser Amills: felicidades por tu cuarta novela 😉

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Memorial Walter Benjamin Portbou Foto Gervasio Sánchez

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