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Años prodigiosos de

una librería barcelonesa

Las bóvedas a lo Guastavino en el techo de Leteradura

Libros y bolsos de piel, ¿todo es lujo?

Corría el año 1968 cuando Eulalia Gubern y Elvira Cobos, dos muchachas de lo que antaño se conocía como “familia bien”, decidieron abrir una librería en pleno Paseo de Gracia de Barcelona, justo en los bajos del número 80, donde hoy se sitúa una boutique de la prestigiosa marca Louis Vuitton. La bautizaron con el vigoroso y combativo nombre de Leteradura. Sabido es que ni entonces ni ahora resulta tarea sencilla abrir las puertas de una librería. Salvo raras excepciones, el librero o librera suele distinguirse del resto de los mortales por un ADN característico, mezcla de pasión libresca y resignación a no salir de pobre. Pero en la España de finales de los años 60, ser mujer, montar un negocio independiente y apostar por la cultura tenía un valor extra. La emancipación de la mujer, la lucha por la igualdad, las primeras teorías feministas… habían comenzado su introducción imparable e inevitable en la sociedad española, pero en la práctica aún había muchísimo que hacer.

Lali Gubern y Elvira Cobos

De cuando Eulalia ser convirtió en Lali

Érase una vez una joven barcelonesa que lloró la primera vez que estuvo en París. Había conseguido el “permiso” familiar para ese viaje porque su hermano se encontraba trabajando en la capital francesa. Recuerda que un día salió a pasear sola. La Barcelona de las prohibiciones quedaba lejos, una lejanía que era más que simple distancia geográfica.  Se dio cuenta de que París, sus calles, su diversidad cultural, su ambiente de libertad, era el mundo en el que había soñado vivir. Y se emocionó.

Más conocida, tanto en el mundo editorial como en la vida social barcelonesa, como Lali, Eulalia Gubern se convertiría, al pasar de los años, en la compañera de Jorge Herralde, editor y fundador de Anagrama, y dedicaría su vida a los libros, pero ya no a los de su librería sino a los de este emblemático sello de edición. Anteriormente a la inauguración de Leteradura, Lali había llevado a cabo diversas colaboraciones en el mundo editorial, pero, sobre todo, había trabajado en la editorial Labor, en cuyo comité editorial figuraban Salvador Clotas, José Luis Guarner y Joaquín Jordá, y donde se encargaba de documentar la famosa Enciclopedia Ilustrada del Cine. Pero su vinculación a la editorial Anagrama se convirtió en una dedicación personal y profesional en exclusiva que abarcó desde las relaciones públicas, al trato personalizado con muchos de los autores o a la gestión de los derechos internacionales y, en los últimos tiempos, a la labor ingente de dirigir el archivo de la editorial en colaboración con Susana Castaño.

Emprender una aventura como abrir una librería “moderna” y “de izquierdas” en pleno centro burgués y bienpensante de la ciudad, era una salida natural a sus ganas de romper moldes. No se trataba solo de un capricho momentáneo o un interés particular por el mundo de los libros sino también de asumir un riesgo personal en unos años en que la censura era aún una fuerza represora muy activa. Lali pasaba los días enteros entre aquellas estanterías y solo salía para comer, cosa que hacía en la casa materna, muy cercana al local del Paseo de Gracia. Las personas que conoció en aquellos días iban a marcar su vida para siempre. Sin ir más lejos aquel joven editor que, casualmente, siempre se dejaba caer por allí y que la invitó a alguna reunión de “conspiradores” y amigos comunes en un pub cercano más allá de la medianoche: era Jorge Herralde, el que sería su pareja el resto de su vida.

Aunque en el momento del nacimiento de Leteradura, las inquietudes políticas de Lali tal vez no fueron tan explícitas o tan del dominio público como las de su hermano, el escritor y catedrático Román Gubern y las de algunos de sus amigos más íntimos, ello no impidió que las autoridades de la época incluyeran su nombre en las listas de desafectos al régimen. La revista Sàpiens, en su número 118 correspondiente a julio de 2012, reproducía alguna de esas listas y los términos exactos con los que se referenciaba a los allí enumerados. Leemos en las páginas de Sàpiens:

Comunistes i democristians, sindicalistes i empresaris, artistes i estudiants. Per al règim franquista tots eren igual de sospitosos. Així ho prova la llista policial més extensa, diversa i detallada que s’ha trobat mai a Catalunya i que SÀPIENS publica de forma inèdita en el número 118 (juliol 2012). En aquestes pàgines del web trobaràs els noms i els cognoms dels 462 catalans més vigilats pel franquisme amb la informació que figurava a les fitxes elaborades pels funcionaris del règim. Hem reproduït la informació literalment, exactament igual com la van escriure els funcionaris (inclosos els noms propis).

Con cierta sorpresa por parte de la interesada ante las etiquetas de socialista y catalano-separatista, se puede leer:

[…]

Eulalia Gubern Garriga-Nogués

Nacida en Barcelona el 8-2-20, soltera, colaboraciones editoriales, hija de Santiago y de María Victoria. […] Socialista, catalano-separatista.

Mientras, su hermano recibe la de comunista (y, sin embargo, extrañamente, su futuro compañero sentimental y profesional, Jorge Herralde, editor de Anagrama, responsable de muchos títulos prohibidos y secuestrados por las autoridades del régimen no consta en este documento).

[…]

Román Gubern Garriga-Nogués

Nacido en Barcelona el 8-8-34, soltero. Director de Cine, hijo de Santiago y de María Victoria. […] Comunista.

Si repasamos brevemente el árbol genealógico de la familia Gubern – Garriga-Nogués entenderemos mucho mejor los orígenes de estas fichas policiales: Santiago Gubern Salisachs, padre de Eulalia, aunque poco pudo influir en la trayectoria vital de Eulalia y sus hermanos Santiago, Román y Silvia, ya que falleció tempranamente en 1956, pertenecía a una saga de políticos catalanistas vinculados a la Generalitat que protagonizaron importantes momentos de la guerra y el exilio del 36. María Victoria Garriga-Nogués Planas, la madre, se encontraba más ligada a los valores del bando nacional como descendiente de una familia de banqueros muy relevante en la sociedad catalana. Este choque ideológico, vivido de manera algo soterrada pero inevitable, influyó de forma decisiva en las vidas de los hermanos Gubern. El carácter desenvuelto y extrovertido de Eulalia tal vez la convirtió en la hija menos problemática que, sin embargo y de todos modos, acabó saliéndose con la suya, es decir, logrando su independencia económica y vital. Eulalia recuerda cómo su madre, atrapada en los usos y costumbres de su época, acabó contemporizando en cierta forma con los nuevos tiempos y sorteando los convencionalismos de su clase social. Así la señora María Victoria hubo de transigir e incluso cooperar en las andanzas de sus hijos, todos ellos implicados en un relevo generacional y político que, naturalmente, tuvo su correlato en los usos y costumbres de todos los miembros la burguesía catalana.

Aperturismo y apertura de librerías

En aquellos años, con la nueva ley de imprenta y propaganda de Fraga Iribarne, en Barcelona se abrieron al público varias librerías como Leteradura. Compartieron el tímido aperturismo, con no pocas multas y disgustos, establecimientos como Cinc d’Oros, Les Punxes, Documenta…

¿La fiebre lectora se había apoderado de la Ciudad Condal? En realidad, varios factores confluyeron a aumentar la demanda de libros, en especial de ensayos, libros de temática política e histórica. Los libros de autores extranjeros, que solo habían podido atravesar nuestras fronteras de forma clandestina, iban siendo tímidamente traducidos y publicados por las “jóvenes” editoriales Seix Barral, Tusquets, Anagrama… El muy connaisseur buscaba también revistas y catálogos de arte. Los principales clientes de estas librerías eran intelectuales, profesionales liberales, la burguesía, en suma, ya que no se trataba de libros baratos. Pero en la medida que los hijos de la clase obrera habían podido acceder a la Universidad y otros estudios superiores, la clientela crecía, bien para comprar, bien para hojear, bien para aventurarse a sustraer algún ejemplar.

En Leteradura confluyeron varias circunstancias que la hicieron uno de los lugares de encuentro de la tan celebrada gauche divine, aquel grupo heterogéneo de artistas, intelectuales y otros diversos sujetos del mundo cultural, así etiquetado con certera ocurrencia por el escritor Joan de Sagarra.

El establecimiento nació tocado por una especie a magia que lo hizo muy atractivo en muchos sentidos. Todo comenzó con el proyecto arquitectónico del que se hizo cargo un jovencísimo Jordi Galí, en ese momento pareja de Silvia Gubern, pintora y poeta, hermana de Lali Gubern. La pareja formaba parte del grupo artístico El Maduixer, al que pertenecieron también los pintores Antoni Llena y Ángel Jové, siempre muy vinculado este último a la pareja de Lali y Jorge Herralde.

¡Qué pulcra es allí la atmósfera de la cultura!

En la publicación de la época que reproducimos aquí y que no hemos podido localizar sino por algunas fotocopias “huérfanas” (aunque sea más que probable que se trate de un número temprano de la revista Hogar y Moda), se nos informa, entre burlas y veras, mediante un texto deliberadamente provocativo, de que: “El agente secreto Jordi Galí Figueras se encargó de ambientarla. El resultado un lugar creado para “anti-sepultureros del libro” con muebles como “el ejemplo de librería que todos hubiéramos querido poder utilizar”.

Para el autor anónimo, la importancia del libro ya había quedado en nada y solo se vendían libros para poder llenar las estanterías de los salones- comedor de los recién casados. Burlándose de sus propios comentarios en cada aspecto de la decoración, lo cierto es que iba desgranando la originalidad y frescura del mobiliario y de la “atmósfera” favorable a la cultura que allí reinaba: “Uno de los ambientes menos lamentables del país”.

En la web de la escuela EINA, actualmente podemos leer sobre el momento en que el proyecto de Galí obtiene el Premio FAD de Interiorismo de 1968:

La llibreria Leteradura, situada als baixos d’un xamfrà del Passeig de Gràcia, guanya el Premi FAD d’Interiorisme de 1968. Tot i la seva curta trajectòria

Leteradura contribuí significativament a eixamplar l’oferta lectora del moment. El disseny i la decoració es van confiar en un joveníssim Jordi Galí, membre d’El Maduixer, grup de referència en les anomenades pràctiques artístiques efímeres, performàtiques, pobres i conceptuals a Catalunya a finals dels 60 i primers 70, emparat, però, per l’experiència del seu pare, Jordi Galí Figueras, professor d’EINA, amb qui des de llavors compartiria estudi.

De nou una llibreria s’emporta el premi que ja s’havia endut el 1960 la Librería

Técnica Estranjera de Sigfrid Blume decorada per Erwin Bechtold, una encertadíssima simbiosi formal amb l’arquitectura dels baixos a l’edifici Monitor de Francesc Mitjans al carrer Tuset, també desapareguda.

L’acta del jurat indicava “com l’autor resol amb talent el problema bàsic del local que no era altre sinó donar relleu a la ja decorativa i policroma força expressiva dels llibres mitjançant suports, prestatges i una il·luminació adequada. La submissió intel·ligent i sensible a aquest objectiu essencial confereix a l’obra una gran exactitud i elegància”.

Els premis FAD d’Arquitectura i Interiorisme s’establiren, el 1958, a iniciativa

d’Oriol Bohigas. No pogueren premiar, doncs, l’anterior llibreria d’Erwin Bechtold, l’Áncora y Delfín a la Diagonal, de Josep Vergés i Joan Teixidor, inaugurada el 1956 i que malauradament tancà les seves portes el 2012. Áncora y Delfín, prodigiós paradigma, avançava els recursos formals i ambientals que poc més tard l’autor, excel·lent pintor abstracte, grafista i decorador ocasional, aplicaria amb mestratge a la Librería Técnica Estranjera.

El FAD, llavors Fomento de las Artes Decorativas, fundat el 1903, esdevindrà el

2006 Foment de les Arts i el Disseny. La secció de l’ADI-FAD, creada el 1960, per

donar empara a la nonata associació de dissenyadors industrials, instituí el 1961

els premis Delta de disseny industrial. Els primers Deltes foren, entre altres articles, el llum TMC de Miguel Milà i les setrilleres de Rafael Marquina, encara avui dia en producció.

Fuente: https://cronologia.eina.cat

La noticia la recoge, con foto cenital de Miserachs, la Revista Destino nª1648 (1969)

Decir como curiosidad que, precisamente la hoja de contactos de aquella sesión se guarda en con esta ficha en el Museo MACBA de Barcelona:

Interior d’una llibreria (fotografies amb efecte ull de peix). — Retrats d’una noia. — Grup d’homes cuinant a l’exterior en unes marmites. — Sobre el full de contacte hi ha contactes enganxats amb cinta adhesiva. — Anotacions manuscrites al verso del full: “Marzo 1969, Pruebas Canon, Leteradura, 1050“.

https://www.macba.cat/es/aprendre-investigar/arxiu/llibreria-noia-cuinant-lexterior-full-contacte-1050

Con un suelo de terrazo y un techo que recordaba a las bóvedas de Guastavino, la decoración de la librería tenía meditados todos y cada uno de los detalles: las sillas, obra también de Galí, eran las famosas sillas de plástico producidas por la empresa familiar G-3. Las estanterías, las lámparas y hasta las escaleras para alcanzar cualquier volumen también fueron cuidadosamente diseñadas para el lugar.

Este gusto por el detalle y la modernidad puede verse también en el tarjetón en el que se imprimieron las invitaciones al acto de inauguración, un diseño minimalista y sobrio que se limitaba a jugar con la tipografía del nombre del establecimiento, la dirección y la fecha del evento.

Leteradura en el recuerdo: clientes y conocidos

Tal vez pasara por la librería pocas veces o muchas, pero lo que es seguro es que el novelista Juan Marsé era habitual de la famosa sala Bocaccio y que en ese conocido local nocturno le había echado un ojo o varios a la anatomía de una de nuestras libreras (eso sí, a Laly con y griega de lady):

Importante: no quedarme embobado mirando boca y ojos de Beatriz, ceñidos jerseys de Serena Vergano, camisetas Rosa Regás, caderas Laly Gubern, ombligo Nuria Serrahima, interminables piernas Montse Riba, bellísimos ojos violeta Ana Regás, etcétera.

Juan Marsé, Noches de Bocaccio

https://www.you-books.com/book/J-Marse/Teniente-Bravo

Marsé era colaborador de la revista que durante años editaban en Bocaccio. En el número 3 aparecieron unas viñetas alusivas a diferentes establecimientos, entre ellos Leteradura, que se asociaba a la famosa galleta, a los nuevos poderes económicos como Banca Catalana y a las caderas de Gubern (prueba irrefutable esta última de que los atuendos de una joven Lali, totalmente a la moda, dejaban huella en las retinas de los habituales). Aquel artículo gráfico dedicado a las “librerías party” demuestra bien a las claras cómo la vida cultural iba enraizando en una sociedad en plena renovación.

El mundo editorial tenía un enorme poder de convocatoria. «Cuando se presentaba un libro […], se montaban auténticas fiestas, asistía una gran cantidad de gente. Cada semana había dos o tres presentaciones […]». Una de las librerías del momento era Leteradura, en el paseo de Gracia número 80, regentada por la esposa de Jorge Herralde, Lali Gubern, y en la que, en exagerada síntesis de Ana María Moix, «se pueden hallar las mayores exquisiteces en francés, inglés, italiano, checo, árabe, etc., pero nunca las últimas novedades en castellano».

Xavi Ayén, Aquellos años del boom

En este párrafo, extraído de Aquellos años del boom, se cita una frase (calificada por Ayén como “exagerada síntesis”) de Ana María Moix que habla de la librería en su personalísima y peculiar crónica del momento titulada 24 horas con la Gauche Divine (Lumen, 2001) en donde también se afirma que era “la librería más progre y más cara de Barcelona”. Más adelante volveremos a aludir a la Moix en referencia a Leteradura o, mejor dicho, a de uno de sus famosos visitantes.

Manuel Vázquez Montalbán fue otro cliente en busca de novedades clandestinas, sin duda, lo mismo que alguno de Los alegres muchachos de Atzavara (Seix Barral, 1992); así de claro lo tiene Alba Lucía Sierra Cabello en su recensión sobre la novela:

Vázquez Montalbán nos remite a una época, que comenzó en la década de los sesenta y llegó hasta mediados de los setenta, que marcó un trascendental punto de encuentro entre distintos campos del quehacer artístico –fotografía, diseño, literatura, arquitectura, moda-, bajo el impacto de las tendencias internacionales más vanguardistas, tal como se pudieron observar y vivir desde la España del franquismo funcionarial, represor y tenebroso. Fue un momento irrepetible en la historia de las industrias culturales en Cataluña. Esa confluencia, protagonizada por personajes que habrían de ser famosos en un futuro cercano –arquitectos, literatos, editores, fotógrafos- y que Joan de Sagarra definiera, con notable espíritu jocoso, como la gauche divine, desempeñó un papel fundamental en lo que a provocación cultural y ruptura de los moldes establecidos se refiere.

Este grupo de jóvenes poco convencionales hicieron de su joie de vivre un asunto de Estado. Y, en efecto, no se trataba en su caso de un esnobismo infundado: muchos de ellos vivían en confortables casas burguesas, veraneaban en el Ampurdán, cenaban en Flash o en Las violetas, compraban su ropa en Saltar i parar, sus libros en Leteradura y, lo que es fundamental, se tomaban sus copas en Bocaccio (aunque las de verano se bebían en Tifanny’s o en Calafell), asunto trascendental sobre el que lo conocemos casi todo gracias a las fotografías de Colita y a las numerosas crónicas de aquella sociedad que se han escrito posteriormente. Esos jóvenes aireados hicieron su 68 particular: tenían la edad ideal en los sesenta para vivir aquella década con intensidad, es decir, “se encontraban en un lugar relativamente idóneo y en el momento oportuno para expresar su rechazo (estético, sobre todo) a la plomiza atmósfera franquista y su necesidad de tender puentes a la modernidad y el hedonismo”, tal y como opina la periodista Anna Caballé en un artículo realizado para el periódico ABC.

https://www.monografias.com/trabajos18/muchachos-de-atzavara/muchachos-de-atzavara.shtml

El escritor y crítico teatral, Marcos Ordóñez, prolífico memorialista de la Barcelona de aquellos años, sitúa perfectamente Leteradura en los Bulevares periféricos de su recuerdo:

En el Paseo de Gracia, subiendo a mano derecha, no recuerdo ahora si esquina con Valencia o con Mallorca, se inauguró en 1969 Leteradura, la librería más selecta y moderna de la historia barcelonesa: quizás por eso apenas duró diez años. La dirigía Lali Gubern, esposa de Jorge Herralde, y en sus anaqueles alternaban, con mayor o menor disimulo, los Cuadernos de Ruedo Ibérico con las publicaciones de Tel Quel y los primeros textos de Lacan, que incluso, comentaban mis hermanos mayores, dio allí una conferencia hacia 1974.

Tanto Leteradura como Cinc D’Oros comenzaron a editar, de modo esporádico, pero con mucho empeño. Cinc D’Oros, con Pablo Bordonaba y Carmen Aizpitarte al frente de la nave, publicó la poesía de Brossa, y Leteradura, que editó colecciones facsímiles de revistas de arte, se atrevería, a finales de los setenta, nada menos que con una traducción al catalán del Ulises de Joyce, firmada por Joaquim Mallafré.

https://blogs.elpais.com/bulevares-perifericos/2013/10/mis-primeras-librer%C3%ADas-2.html

(De las dos visitas que Lacan realizó a Barcelona, la segunda tuvo como motivo la inauguración del curso 1972-1973 de la Asociación catalana de psiquiatría, invitado por los doctores Ramón Sarró y José Luis Martí Tusquets. No tenemos noticia de que visitara la librería.)

El escritor Francisco Ferrer Lerín, en una entrevista comenta el origen del nombre, Leteradura, de la editorial valenciana que acaba de publicar un libro suyo.

Es un homenaje a una librería mítica de Barcelona de los años 60, 70 y 80, en el Paseo de Gracia. Desapareció y el título es un recuerdo a esos centros de cultura que son las librerías.

https://www.diariojaen.es/historico/francisco-ferrer-lerin-nace-de-una-foto-y-una-anecdota-de-30-amigas-DYDJ77371

Al hilo de este recuerdo- homenaje a la librería, hallamos otra pincelada que además corrobora la importancia en la época de librerías como Leteradura que funcionaban como nexo suministrando libros importados a los lectores ávidos de esa novedosa y, a menudo, prohibida “mercancía”. Nos la ofrece el periodista Abelardo Muñoz a través del recuerdo de Toni Moll, editor independiente valenciano. Curiosamente, el narrador de la anécdota a Muñoz recuerda a “unos tipos”, cosa que nos sorprende dada la apariencia poco masculina de Lali y Elvira. Cosas de la memoria.

Moll había trabajado en estrecha colaboración con Eliseu Climent y la editorial Tres i Quatre. Fue de los primeros que se dedicó a recorrer el país en una furgoneta repleta de libros. Se plantaban, a finales de los sesenta, en las plazas del pueblo a promocionar los libros escritos en lengua vernácula. «Los libros son mi vocación tardía. Les cogí gusto en Tres i Quatre. Vi nacer los primeros libros editados aquí. Luego, me iba a Barcelona a buscar obras clandestinas. Era amigo de los de Leteradura, la famosa librería del Paseo de Gracia. Unos tipos importadores y muy marginales que nutrieron de luz a la vanguardia de los setenta».

Abelardo Muñoz, “Francotiradores de la edición” en Levante. El Mercantil Valenciano, 16 de enero de 2016.

Si tienes un libro con esta etiqueta tienes una pequeña parte de la historia cultural de Barcelona

En el relato de sus inicios profesionales, Eugeni Bonet, creador y experto en artes audiovisuales, subraya en su testimonio de aquellos años cómo Leteradura era el lugar indispensable para quienes querían y necesitaban libros difíciles de encontrar:

Inicialmente yo me sentía atraído por las artes plásticas. De ahí pasé a cursar estudios de diseño gráfico, pero la enseñanza recibida no me satisfacía y, simultáneamente, comencé a interesarme por el cine como una práctica experimental. En 1974 conocí a Antoni Muntadas que realizó un taller en la Sala Vinçon.1 Por entonces yo ya tenía cierto conocimiento del vídeo a través de algún que otro artículo o libro, habitualmente foráneo, que encontraba por aquí o por allí (pues, por lazos familiares, viajaba a Francia a menudo). Entre otras fuentes, había una librería en Barcelona llamada Leteradura, donde se podían encontrar publicaciones muy inusuales por aquella época y donde, entre otras, conseguí el libro de Gene Youngblood Expanded Cinema2 que me descubrió un contexto totalmente novedoso.

El periodista Francesc Arroyo, celebrando en su artículo Un gesto romántico, la reciente apertura de la librería Byron en la Barcelona de la pandemia, menciona a la innovadora Leteradura y aventura los motivos de su cierre (aunque, off the record, me cuenta Lali Gubern que fueron otros bien distintos).

Muy cerca de las actuales instalaciones de la Casa del Libro de paseo de Gracia había antes otras tres librerías interesantes. La más pequeña, pero también la más innovadora, era Leteradura. Hay quien sostiene que tuvo que cerrar porque allí se robaba mucho y bien, dado que sus gestores eran muy reticentes a llamar a la policía. Un poco más arriba estaban la Librería Francesa y el Drugstore. Si la primera ofrecía una amplísima gama de libros (también revistas) de importación, la segunda ofrecía un poco de todo y era, además, un lugar bullicioso y amistoso. En ella trabajó, cuenta la leyenda, el crítico y buen lector J. Ernesto Ayala Dip. Las tres están cerradas.

https://www.metropoliabierta.com/opinion/gesto-romantico_34599_102.html

En su libro Barcelona, la ciudad que fue, el periodista Federico Jiménez Losantos cita así la librería:

[…] el Cubano [Pedro Abreu], como solíamos llamarlo cuando no estaba delante y era sólo Pedro, nos hizo a María y a mí, que habíamos decidido irnos a vivir juntos, un regalo impagable, aunque obviamente pagado, que fueron sendas cuentas abiertas en la Casa del Libro y Leteradura, la librería clásica y la moderna de la Barcelona setentera, para comprar cuantos libros quisiéramos, sin más obligación que la de leerlos.

Federico Jiménez Losantos, La ciudad que fue Barcelona, años 70, Temas de Hoy, 2007, pág. 125

Iñaki Esteban, en la Pérgola de Bilbao, rememora las desaparecidas librerías vinculándolas claramente al hervidero cultural de la ciudad en aquella época.

Barcelona resucitaba en esa época en lo cultural. Se abrieron librerías como Trilce, Ántropos, Viceversa y Leteradura, fundada por Elvira Cobos y Lali Gubern, mujer de Herralde y una persona clave en el desarrollo de la editorial. Fue el inicio de “la ciudad de los arquitectos”, como denominó a Barcelona el periodista y crítico de arquitectura Llàtzer Moix décadas más tarde, con los primeros despuntes de Oriol Bohigas, Ricardo Bofill y Óscar Tusquets. Y fue también el comienzo de la “ciudad del diseño” gracias a la escuela Eina, del artista Ràfols Casamada, y la tienda Vinçon, en el Paseo de Gracia. En la fotografía, destacaron los ahora históricos Leopoldo Pomés, Oriol Maspons, Xavier Miserachs y Colita.

Iñaki Esteban, “El papel de Herralde”, Pérgola, 2019, páginas 4-5

La librería también ocupa un lugar en el recuerdo de Pepe Ribas, artífice de la célebre revista Ajoblanco, que en sus memorias vuelve a señalar el establecimiento como un lugar de referencia obligada cuando se trataba de conseguir libros “inencontrables”, de primerísima necesidad para los progresistas que se preciaran de serlo.

La conversación se fue haciendo amena. Santi desplegaba un sentido del humor que, sin ser cínico, a veces lo parecía. Se notaba que salía de una pesadilla y que buscaba humor y aire fresco. En un santiamén caricaturizó a los líderes de la Junta Democrática del PC y a los de la Convergencia del PSOE. Luego tartamudeó las siglas de más de veinte partidos de extrema izquierda, hasta que por fin exclamó: «¡Por unas migajas de poder ciertos líderes pactan a escondidas de sus militantes con los banqueros franquistas como si ésta fuera la única lógica posible!». Nos recomendó vivamente la lectura de un libro clandestino que había publicado Ruedo Ibérico: Crítica a la izquierda autoritaria, que habían escrito José Antonio Díaz, fundador de CCOO, y Santi López Petit. Nosotros le hablamos del Do it de Jerry Rubín, la Biblia de los radicales de Estados Unidos, que nos había pasado un joven navarro, Serafín Senosiáin, junto a un artículo que pensábamos publicar. Santi prefería a los situacionistas franceses de la sociedad del espectáculo. «Leed Traité de savoir-vivre a l’usage des jeunes générations, de Raoul Vaneigem. Lo encontraréis en la Librería Francesa o en Leteradura. Lo ha publicado Gallimard.» Por lo visto había conocido al situacionista hacía unos años en la mítica librería de la ultraizquierda parisina: La Vielle Taupe.

Fragmento de Los 70 a destajo. Ajoblanco y Libertad de José Ribas.

Edición digital de Comisiones Obreras, página 549.

http://www.solidaridadobrera.org/ateneo_nacho /biblioteca.html

Un insigne visitante, realmente maravillado con al ambiente de Leteradura, fue Sergio Pitol, el gran escritor mexicano y también gran amigo de los Herralde:

Por esos días nació Anagrama, y en la presentación de su primer libro conocí a Jorge Herralde. Nos hicimos amigos de inmediato. He traducido para él varios libros, prologado otros y posteriormente publicado en su editorial todas mis novelas. El Premio Herralde logró que en México se me empezara a tomar en cuenta. Conocí a Lali Gubern en Leteradura, su maravillosa librería, y aún ahora me parece un milagro la existencia de aquel espacio abierto en una época de extrema intolerancia. Inmediatamente después de cobrar una traducción en Seix Barral pasaba a Leteradura y me dirigía sin el menor titubeo a la mesa que exhibía los atractivos libros de Donato.

Sergio Pitol, El arte de la fuga, Narrativas hispánicas, 224, Anagrama, Barcelona 1997.

Finalmente, el propio Jorge Herralde nos habla de aquella librería tan significativa para él en Un día en la vida de un editor:

También hay que destacar, a finales de los sesenta, la fundación de varias librerías, con una dedicación acorde con los tiempos, como Leteradura, Viceversa, Ántropos y Trilce. La que duró más, unos diez años, a trancas y barrancas, fue Leteradura, fundada por Lali Gubern y Elvira Cobos.

Me resulta indispensable rendir un cálido homenaje a las librerías, en las que tantas horas he pasado, lugares a la vez de estímulo y sosiego. En Barcelona las encontrabas en todas las calles céntricas (ahora tan colonizadas por firmas de moda, bares y restaurantes). Así, las históricas Catalonia y Jaimes, las varias sedes de la Librería Francesa, luego Áncora y Delfín, que fue durante años mi librería de cabecera, y, ya en los sesenta, Cinc d’Oros, la más roja de todas, la exquisita Leteradura o la librería del Drugstore del paseo de Gracia, abierta por las noches, muy frecuentada, con gran surtido de ediciones latinoamericanas, escasa vigilancia y robos a mansalva (hobby habitual de los progres de la época). Y las del Quartier Latin en París, Charing Cross Road en Londres, la Quinta Avenida en Nueva York, mientras que en Italia ya habían aparecido las primerísimas librerías Feltrinelli.

Jorge Herralde, Un día en la vida de un escritor y otras informaciones fundamentales,

Biblioteca de la memoria, 39, Anagrama, Barcelona. 2019, p. 262.

Como explica en una entrevista concedida a Jordi Nopca del diario Ara, los recuerdos de Jorge respecto a la librería se mezclan con los de otros locales de moda en la época, con la complicidad de los amigos y amigas de izquierdas y con el momento en que comenzaría a compartir con Lali Gubern mucho más que sentimientos políticos o querencias literarias. El día de la muerte de franco ambos se encuentran en las Ramblas casualmente cuando ella sale de su librería y él acaba de estar en el Hotel Colón:

A l’Estevet ens vam conèixer la majoria de gent del grup, el que n’hi podríem dir la pre-Gauche Divine. També ens trobàvem al Whisky Club, un bar on hi havia una barreja molt estimulant de gais i lesbianes, algunes d’elles de certa edat, amb unes amants guapíssimes. Allà ens reuníem molta gent del món de les lletres, no necessàriament lesbians. [riu] Hi anava Jaime Gil de Biedma, Luis Marquesán, Álvaro Rosal, Jacinto Esteva i Luis Goytisolo. També ens trobàvem a l’Stork Club. Érem gent d’esquerres, més o menys cultes, i amb una gran desimboltura en el tracte. Entre els amics que ens vèiem més, Carlos Durán, Octavi Pellissa, Vicente Aranda, Pere Garcés i el Perich, també ens vèiem al pub Tuset i més endavant al Sot i al Boccaccio. Al Sot hi vam anar molt les setmanes anteriors a la mort de Franco, que van causar un gran perjudici als nostres fetges perquè anàvem celebrant ‘el fet biològic’ de la mort del dictador. El mateix dia que va morir recordo que vaig sortir de l’hotel Colón, on una periodista francesa em feia una entrevista, vaig pujar per les Rambles, que estaven desertes, i a dalt vaig trobar-me un grupet amb Lali Gubern, a qui coneixia de la llibreria Leteradura. Vaig anar cap a un altre dels bars on fèiem més tertúlies, el 292 de carrer Diputació.

I dels que més endavant serien editors, qui més hi havia? Penso en Xavier Folch, J.M. Castellet, Carlos Barral…

Em sembla que cap.

http://llegim.ara.cat/actualitat/jorge-herralde-no-demanar-equilibri_1_2637808.html

Anécdotas de una librería de izquierdas en la Barcelona franquista

A pesar de un cierto ambiente de permisividad, cuando Leteradura abre sus puertas todavía habían de transcurrir siete largos años para la muerte del general Franco y el final de la dictadura. No faltan las multas, las denuncias, las prohibiciones … y la necesaria picaresca para sortearlas. No olvidemos que el entonces vicepresidente de España, Luis Carrero Blanco, denunciaba la “conducta” inapropiada de muchas librerías, «plagadas de propaganda comunista y atea». La policía se presentaba, bastante a menudo por la fama de izquierdosos que había adquirido el local, sus dueñas y sus clientes, con el fin de comprobar que los títulos que se vendían en la librería no estaban prohibidos por la censura. Tantas veces aparecieron sin saber exactamente lo que buscaban que las libreras, “conmovidas”, optaron por prepararles un paquetito con algunos títulos “problemáticos” para evitar que se fueran de vacío, pero también para evitar que vieran otros ejemplares más “problemáticos” aún. La argucia es propia de un juego, pero sin duda era un juego serio en el que podía perderse algo más que la camisa.

Recuerda Lali (y se puede ver en una de las pocas fotos que se conservan del local) que una de las paredes estaba decorada por un gran póster con la palabra EGO y el rostro de Karl Marx con su barba dibujada con multitud de plumas. Un vecino, exmilitar, reconoció la imagen del escritor comunista y de inmediato informó a las autoridades competentes. Personadas en Leteradura, observaron la ilustración atentamente, mientras Lali Gubern con gesto asombrado les aseguraba que no conocía la identidad del sujeto.

-Lo hemos escogido por el dibujo de la barba ¿No les parece original que sea de plumas?

-Pues la verdad, señorita, original sí que es.

El póster de Marx

En otra ocasión, la policía acudió a la búsqueda y captura del catálogo de una exposición sobre el arte erótico que se había celebrado en París o en New York, quedando algo desilusionados los agentes cuando comprobaron que en las fotos no aparecían señoritas mostrando sus turgentes pechos como sucedía en las revistas para adultos del quiosco.

Claro que no todas las anécdotas eran tan felices, en aquella época varias empresas culturales sufrieron atentados por parte de grupos de extrema derecha como los Guerrilleros de Cristo Rey que no se resignaban a los aires de libertad que comenzaban a soplar en España. En la librería Cinc d’Oros explotó un coctel molotov y la distribuidora Enlace, de la que formaba parte la novísima Anagrama de Jorge Herralde, fue víctima de un incendio provocado que la destruyó por completo.

Un colega de profesión, el librero Josep Cots, de la librería Documenta habla de aquellos años en los que se mezclaron la ilusión con la convulsión en un reportaje de Rubén Moreno Valenzuela para la revista mexicana El rancho de las voces publicado en 2010:

Josep Cots, siempre con su pajarita al cuello, ha ido adquiriendo con el tiempo ese aire venerable, entre sabio y estrafalario, que la imaginación popular suele dar al librero. Ya ha cumplido los 60 y recuerda cuando en 1975, en vida aún de Franco, recién acabados los estudios de Filología Francesa, él y Ramon Planes, sin un duro en el bolsillo, decidieron abrir una librería. «Era una época –dice– en que la librería era una forma de antifranquismo. Nosotros, como casi todos los jóvenes, éramos vagamente de izquierdas y vagamente catalanistas. Fue la época en que abrieron Cinc d’Oros, Leteradura, el Borinot Ros, los trotskistas de Leviatán…». Sólo quedan ellos.

Los inicios fueron difíciles. «La Cinc d’Oros la incendiaron y una madrugada nos tiraron a nosotros un cóctel molotov que pudieron apagar los clientes del bar de enfrente. Todo acabó cuando nombraron a Martín Villa gobernador civil de Barcelona. Se dice, no lo he podido documentar, que después de reunirse con los cabecillas de los grupos de ultraderecha y cuadrarlos. Más tarde, con el 23-F, se cerró otra página. Teníamos una pared llena de libros políticos y de sociología. Pensamos tapiarla y ocultarlos en un sarcófago de cemento. Pero no pasó nada. Bueno, pasó que llegó el desencanto, algo que ya había empezado antes».

https://rancholasvoces.blogspot.com/2010/03/noticias-espana-la-libreria-documenta.html

Leteradura como editorial

He llegado a leer en una tesis sobre Rosa Regás que Lali Gubern de la librería Literadura [sic] había editado obras agotadas de los años 20. No es exactamente así. Fue, la pareja de Elvira Cobos, Pedro Ancochea, quien estaba interesado en la edición de libros y fueron varios los que vieron la luz con la etiqueta de Leteradura especialmente facsímiles de antiguas publicaciones como las revistas Pel i Ploma, L’Esquella de la Torratxa o los 30 números de la revista de sociología Acracia (1886-188) recuperada para el Centro de Documentación Histórico-social en 1978.

Lali recuerda vagamente que participó en algunas de esas ediciones, incluso manchándose las manos de tinta en el manejo de las máquinas de impresión, pero lo que no recuerda es que se vendieran en la librería, siendo lo más probable que se efectuaran tiradas cortas y bajo demanda. Recuerda también que se realizaban algunas ediciones muy especiales, con un cuidado trabajo gráfico, que bautizaron con el nombre Colección Ready Made.

Uno de los sueños de Ancochea era la publicación de los Cantos de Ezra Pound que encargó a Francesc Parcerisas tal como el mismo poeta cuenta en “Traduir Ezra Pound”:

Pedro Ancochea i Elvira Cobos, de la llibreria Letteradura [sic], em van proposar fer la traducció dels Cantos complets. Haurien sortit en aquelles edicions on van publicar l’Ulisses de Joyce i el Mephisto de Klaus Mann. Això era a la primeria dels anys 80; en vam parlar i, crec, que fins i tot van explorar la qüestió dels drets d’autor, però per la meva feina o perquè Letteradura va plegar, el projecte mai no es va arribar a endegar.

http://www.visat.cat/espai-traductors/esp/comentaris/70/141/-/francesc-parcerisas.html

Aquel sueño no se cumplió, pero sí otros como publicación del Ulises de Joyce al catalán, ya en los años 80, cuando ya Lali Gubern nada tenía que ver con el sello y la librería prácticamente había cerrado sus puertas desapareciendo del recorrido habitual de los letraheridos barceloneses.

Una misteriosa presencia: el poeta Leopoldo María Panero

En aquellos años, el poeta Leopoldo María Panero estuvo en Barcelona y recaló en Leteradura donde debió llevarle algún amigo común poco después de uno más de sus intentos de suicidio o después de su salida del Instituto Frenopático. Se le recuerda como una presencia extraña, que parecía esperar el momento de desaparecer con un ejemplar en el bolsillo distraídamente sustraído de las famosas estanterías. Mucho cuidado con afearle la conducta ya que el hombre estuvo matriculado en la Universidad de Barcelona y los necesitaría para sus estudios.

Digamos, en palabras de la escritora Mercè Ibarz, que “el bardo loco” a su paso por Barcelona en los años 70 estuvo en contacto, a su manera, con varios miembros del círculo que frecuentaba la librería del Paseo de Gracia. Aquellas andanzas las rememora muy poéticamente la autora en el artículo “El club de los poetas muertos. Meditaciones en la muerte de Ana María Moix, Leopoldo María Panero y Xavier Sabater y sus trazos en Barcelona”:

El bardo loco vivió unos años en Barcelona y aquí fue declarado Novísimo. Entre sus muchas huellas dejadas quedó su amor perseguidor por Ana María Moix, un amor de juventud que en el transcurrir de los años pareció convertirse en un faro para Panero. Cuando supe su muerte en Las Palmas, me llegó algo así como un ramalazo de aquella luz entre tinieblas de los dos, de Moix y Panero perdidos en la Barcelona de los primeros años setenta, cuando en la cárcel Modelo de la calle de Entença los gerifaltes del franquismo asesinaban a Puig Antich. Una Barcelona oscura que fue muy bien iluminada por Bigas Luna en su claustrofóbico filme titulado Bilbao, para que entendiéramos que hablaba de otra ciudad cuyo nombre empieza por B (así de neuróticas eran las cosas entonces, en aquella Transición). Panero persiguiendo a Moix, que bastante tenía con sus propias inseguridades y querencias.

Mercè Ibarz, El País, 13 de marzo de 2014

https://elpais.com/ccaa/2014/03/12/catalunya/1394650029_261598.html

En una entrevista concedida a Pere Pena y Emili Bayo para el diario Segre y en la que se transcribe erróneamente el apellido de Pedro Ancochea, el propio Panero lo recuerda así:

P.– ¿Quiénes te interesan más de tus compañeros de promoción?

R.- Ana María Moix, Pere Gimferrer,… pero ha llovido mucho desde entonces. Gimferrer estará por la Academia, con su ridiculez fascinante. No escribe mal, pero un poco tontiloco sí es, tiene un cerebro de mosquito.

[…]

P.- ¿Había un componente de locura en tu promoción?

R.- Lo que me cabrea es que mis antiguos compañeros me rehuyan por la locura, porque por el alcohol, ya he dejado de beber. No bebo ni una gota. En esa época, yo y mis amigos, Francisco Monge -que se murió de accidente de coche-, Bengochea [sic] -que fue el fundador de la masonería loca-,… todos soñábamos con traducir el Apocalipsis, porque creíamos que la literatura estaba acabada: la poesía en Pound, la novela en Joyce y sólo quedaba por escribir el último libro.

https://emilibayo.com/2014/03/15/entrevista-a-leopoldo-maria-panero/

Es Enrique González Duro en La lenta y aislada agonía de Leopoldo quien nos da los únicos detalles que conocemos sobre sus visitas a la librería y las personas con las que comparte esos momentos: Ancochea, Monge, traductor de Capitalismo y Esquizofrenia-El Antiedipo de Gilles Deleuze al español, y Maenza, asesor en Seix Barral.

[…] su único amigo era el orujo: “tenía como único compañero además de él, a una especie de profeta barbado que se llamó Francisco Monge”; y también una especie de santón que se asentaba en una librería de Barcelona, llamada Leteratura, donde se aprendía fácilmente la magia y el ocultismo. Allí creyó aprender los secretos del cuerpo, la piedra y los misterios del sexo de Pedro Ancochea, aunque él le llamaba ancas de rana, por alusión al agua de donde salen los monstruos.

Enrique González Duro, La lenta y aislada agonía de Leopoldo.

Extracto del capítulo XI de ‘Leopoldo María Panero, locura familiar’ (2018)

También en este otro párrafo se reitera esa información y se nos dibuja un ambiente intelectual turbio y algo psicodélico al que Lali, y seguramente también Elvira Cobos, a pesar de ser la compañera de Ancochea, eran bastante ajenas :

De vuelta a Barcelona, donde el mismo 9 de octubre ingresa en el Frenopático, donde permanece otros quince días, aunque entrando y saliendo libremente. En esos días conoce a Antonio Maenza, muy marcado por el estructuralismo, que hacía cine independiente y trabajaba de asesor editorial de Seix Barral. Los dos personajes sintonizaron fácilmente y quedaron intelectualmente prendidos el uno del otro, e incluso tuvieron sus amoríos. Maenza era muy aficionado a la cábala judía, algo por lo que Leopoldo sentía una especial debilidad. ampliamente sobre el final de la literatura: la novela había acabado con Joyce y la poesía con Ponge. Lo único que restaba era interpretar el Apocalipsis. Ellos “descifraban” las revelaciones de San Juan sobre el fin del mundo. En una tarde, Maenza recogió a Leopoldo en el Frenopático y lo llevó a la librería Leteradura. En aquél local se asentaba Pedro Ancochea, compañero sentimental de una de las dueñas de la librería. Allí ensayaron juegos de magia y cabalística y debatieron que bien aplicado, eran equivalente a hacer la Revolución, pero con nuevas armas como la magia, el tarot, el kárate o similar y creyéndose figuras del Apocalipsis.




Fotos del interior de Leteradura donde se puede apreciar el mobiliario pop y las escaleras de acceso al local

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Nuestro recorrido por la historia de la librería exquisita, la combativa, la moderna, la de lectores de izquierdas, la de los libros inencontrables, la del provocativo cuadro de Karl Marx y otras denominaciones de origen acaba aquí. Y queremos hacerlo mencionando una carta proveniente de los archivos de Anagrama en los que se guardan algunas referencias a Leteradura. La firma el escritor Lluís Armengol Romero, tras elogiar la labor y el ‘savoir faire’ de Lali Gubern, califica el establecimiento de “oasis cultural” y “santuario de alta cultura”.

Muchísimas gracias por haber colaborado ambos a la introducción de la ‘high culture’ en nuestro país y por hacer más llevadera esa soledad insondable que anida en todo lector verdadero.

Hoy en día, al menos en algunos países democráticos, resulta relativamente sencillo acceder a cualquier título: en la España de 1968 esta normalidad aún estaba lejos de ser alcanzada. Más tarde, como sucedió también con las editoriales especializadas en libro político, el interés de los lectores trasladó su foco a otro tipo de publicaciones. Pero el camino ya lo habían abierto pioneros como Jorge Herralde y pioneras como Lali Gubern y Elvira Cobos. Si hubiera que repartir el mérito de la transformación de este país, les correspondería un buen pedazo. Algunos artífices culturales que trabajaban en ese sentido, puede lo tuvieran más fácil o más difícil a causa de su origen social, pero lo cierto es que a quien nos lo pusieron realmente más fácil fue a las generaciones venideras, a nosotros.

Collage de Pepi Bauló a partir de una foto del archivo de Lali Gubern