Video de David Villaneva “Por puro placer”

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ECARDVIDEOwebPlaneta mojado es el título del albúm publicado por Volcán Musica y la Revista Cálamo. 

David Villanueva (Madrid, 1968) es editor/creador del sello Demipage que vio la luz en 2003 y cuenta en su catálogo con un puñado de títulos que ya están haciendo historia por su singularidad y su originalidad. Demipage no sigue ni modas ni tendencias comerciales. Su blog es una manera deliciosa de mantenerse al tanto de esa actualidad que nos deleita como una delicatessen. Lo más interesante, a mi modo de ver, de Demipage y su capacidad de aglutinar artistas de diferentes disciplinas. Un taller de edición y una cantera de buenos ilustardores y traductores. Demipage va a crear escuela por su manera de ser y ahora, a través de David Villanueva, le pondremos una banda sonora a esta aventura.

Primeros materiales para una Teoría de la Jovencita

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Rara vez hago lo que voy a hacer aquí y ahora: cortar y pegar un artículo íntegro. Claro está que lo haré mencionando, autor, tema, publicación etc., etc. Pero es que no puedo permitir que se pierda una sola palabra y aún, si me apuran, sería capaz de escanear y reproducirles el libro que es objeto de esta reseña y cuya lectura me ha absorbido absoluta y completamente. Y, en cierta manera, aniquilado momentáneamente. Mi ruego, si puedo atreverme a rogarles, es que lo lean sin falta. Antes practiquen un poco el gesto del boquiabierto para poder efectuarlo cuando “reconozcan” a la Jovencita a escasos metros de donde estén. Me he sonreido mucho con este libro y me he encongido de pena, y luego me he muerto de miedo. Y al final he negado con la cabeza y cerrando los ojos he pensado. “¿Y si todo esto no acaba nunca?” Y no me he sentido con fuerzas de escribir nada, abatimineto total, (¿la Jovencita puede comerse nuestra rabia como un mousse stracciatella light?), y totalmente desorientada he echado mano de esta reseña. Mil perdones, ya volveré otro día.

Se trata de la reseña de Ignacio Castro Rey al libro Teoria de la jovencita de Tiqqun publicado por Acuarela & A. Machado y aparecida el 31 de marzo de 2012 en la publicación digital Fronterad.

“¡Ah, pero qué asquerosa eres!”. Al modo del collage urbano, mezclando en distintos tipos de letra anuncios con tópicos cotidianos (“¡No te comas el tarro!”) y fragmentos cargados de una profundidad analítica delirante, este libro hará las delicias de quienes estén interesados en la subversión de nuestro mundo. Aunque, francamente, no es seguro que Teoría de la Jovencita, publicado recientemente por Acuarela & A. Machado, sea “un libro de amor” o hable sobre la imposibilidad del amor en nuestra estructura social, como dicen los editores en la contraportada. Si lo es, se trata de un amor del cual tampoco son capaces los autores, la mítica constelación llamada Tiqqun. Pero sí se debe decir que este libro posee una rara belleza. Y una inmensa riqueza, pues resulta sencillamente precioso ver el mundo con los ojos de otro mundo. Precisamente uno de los posibles defectos deTeoría de la Jovencita es que su misma radicalidad empuja a una lectura estética de la superficie, amenazando dejar todo como estaba. En todo caso Tiqqun, en este texto de sus comienzos en 1999, elabora una radicalidad que funciona a ráfagas, cristalizando momentos deslumbrantes. Esa misma intensidad es la que parece impedir el discurso político clásico, de largo aliento, para restallar en fogonazos que duran unas pocas líneas.

I Hechizo

“La Jovencita se presenta dondequiera que el nihilismo comience a hablar de felicidad”. Este libro desarrolla con el detalle del insomnio la metafísica oculta en la visibilidad triunfante. “A mis doce años, he decidido ser bella”. Todo el libro está repleto de textos así, tan significativos que casi resultan misteriosos. Fíjense en este otro: “La Jovencita no tiene el rostro de una muerta, como podría llevar a pensar la lectura de las revistas femeninas de vanguardia, sino de la muerte misma”. O en éste: “La Jovencita se complace en hablar con emoción de su infancia para sugerir que en el fondo aún no la ha superado, que en el fondo sigue siendo una ingenua. Como todas las putas, sueña con el candor. Pero a diferencia de estas últimas, ella exige que se la crea y que se la crea sinceramente. Su infantilismo, que no es a fin de cuentas más un integrismo de la infancia, hace de ella el vector más retorcido de la infantilización general”.

Que nadie se rasgue las vestiduras antes de tiempo: la Jovencita no es un concepto sexuado. En paralelo al concepto de Bloom, Tiqqun intentó captar en la Jovencita la última mutación política del humano occidental. “No le cuadra menos al chulito de discoteca que a una árabe caracterizada de estrella del porno. El alegre relaciones públicas jubilado que reparte su ocio entre la Costa Azul y el despacho parisino donde aún tiene sus contactos, responde a él al menos tanto como la single metropolitana demasiado volcada en su carrera de consulting para darse cuenta de que ya se ha dejado en ella quince años de vida”. La Jovencita, pues, es aquel que ha preferido convertirse en mercancía antes que sufrir la tiranía de ésta.

¿Después de las figuras del Proletario (Marx) y el Trabajador (Jünger), este colectivo anónimo intenta captar la figura de una última mutación de la especie, la más terrible y sonriente alienación? Sí y no, pues la ambivalencia de una figura liminar, que encierra por ello mismo una posibilidad nueva y el ámbito de una reversión política de las cosas, estaría más en el Bloom, a la manera del Dasein heideggeriano. La Jovencita se nos presenta más en una cristalización ontológica que le acerca más al odioso burgués de Marx. “La Jovencita está enteramente construida; por eso puede se enteramente destruida”. Y esto a pesar de cien fragmentos donde la Jovencita aparece cargada todavía de profundidad sufriente: “En el caso de la Jovencita, como en el de todos los demás Blooms, el ansia de diversión hunde sus raíces en la angustia”.

Finalmente el control de las apariencias se transforma en la disciplina de los cuerpos: “La Jovencita habla de la salud como si se tratase de la salvación”. ¿Es la debilidad metal la que reproduce una y otra vez el imperio del cuerpo, el dictado de la imagen de uno mismo? Imperativo estético de visibilidad, dado que el reconocimiento externo nos salva de una experiencia de sí que por todas partes se desfonda. Si hay tanta gente fea en este mundo es por el imperativo masivo de estar a la moda en algún punto: “La Jovencita no envejece, se descompone”.

“La Jovencita es la mercancía que exige ser consumida a cada instante, pues a cada instante caduca”. Moda y economía se benefician mutuamente. En todo caso, la juventud no es ya una edad transitoria, sino el único periodo aceptable de la vida humana. Una juventud que no necesita ningún ideal, porque es por sí sola un ideal. ¿Qué debo hacer para embellecerme?: “Por miedo a ser retirados de la circulación como productos viejos, las damas y los caballeros se tiñes los cabellos y los cuarentones hacen deporte, a fin de mantenerse esbeltos”.

“La Jovencita quiere ser ‘independiente’; es decir, ser, en su mente, sólo dependiente del SE”. Ella llama invariablemente felicidad a todo aquello a lo que SE la encadena: por parte de Tiqqun, el uso del impersonal heideggeriano Se (das man) es un signo del poder neutro de la abstracción. El imperio se confunde con lo social, con una masiva clase media. Este semblante de la humanidad “es fascinante al modo de todas las cosas que expresan una clausura sobre sí mismas, una autosuficiencia mecánica, una indiferencia hacia el observador, tal como hacen el insecto, el lactante, el autómata”. Por eso la Jovencita, dicen ellos, es ajena tanto a sus deseos como a su cuerpo, quiere ser deseada sin amor o amada sin deseo: “Se pudre en el limbo del tiempo”.

Tiqqun desarrolla en este libro el enigma de lo obvio, la hiperrealidad que casi se hace onírica, durmiente. La Jovencita encarna la organización de la ceguera de los escenarios radiantes y la visibilidad total. Allí donde la angustia se confunde con el hecho de que nadie parece sentirla: “A fin de cuentas es la omnipresencia de la nueva policía la que acaba por hacerla imperceptible”. Criatura puramente ideológica, por eso esta figura postrera de la humanidad puede carecer de ideas. La Jovencita es algo así como el cuerpo de una nanoideología. En virtud de tal fusión inmanente los nuevos pijos se confunden con los enrollados: pueden ser orgánicos, ecologistas, indies ¿La misma @ que preside la conexión perpetua de nuestro aislamiento no es el signo de una neutralización imperial?

Las píldoras de sabiduría, mezcladas de vulgaridad, se siguen desgranando: “Cómo tener perro sin pasar por una perra”. “La supuesta liberación de las mujeres no ha consistido en su liberación de la esfera doméstica, sino más bien en la extensión de dicha esfera a la sociedad entera”. Depuradora de negatividad con una sonrisa implacable, la Jovencita no habla, sino que es hablada por el Espectáculo. Estamos ante un estadio en el que la alienación se confunde con la soltura física. Tanto el poder como el individuo se podría decir que son hoy entes ventrílocuos, pues sufren y hablan siempre a través de otro.

Este libro define el amor que viene como “un autismo para dos”. La dificultad de cualquier relación estriba en que cada uno está de antemano casado con su propia imagen. “No es tanto que los ciudadanos hayan sido derrotados en esta guerra como que, negando su realidad, se han rendido desde el principio; lo que SE les deja a modo de ‘existencia’ ya no es más que un esfuerzo de por vida para hacerse compatibles con el Imperio. De esta infinita servidumbre voluntaria a la norma, a una norma cambiante, proviene el hecho de que nunca sepamos con quién estamos… hasta que ocurre algo, y entonces es demasiado tarde.

II Peros

Tiqqun también describe la deriva del pensamiento hacia el estado de mero reflejo del contexto: La Jovencita nunca crea nada, en todo se recrea. “Ya sea camarero, modelo, publicitario, ejecutivo o animador, la Jovencita vende hoy su ‘fuerza de seducción’ como antaño se vendía la ‘fuerza de trabajo’”. El libro se extiende así sobre una vigilancia orgánica, muscular, que no necesita vigilantes porque está integrada en la dispersión con la que vivimos. “La Jovencita vive secuestrada en su propia ‘belleza’… es la carcelera de sí misma, prisionera de un cuerpo hecho de signos en un lenguaje hecho de cuerpos”.

Y sin embargo (sí, “sin embargo”), la genialidad de Tiqqun muestra en el límite la miseria de la mitología occidental. Más cercanos a la figura nietzscheana del León que a la figura del Niño, ellos adolecen penosamente de sentido del humor para jugar con las situaciones. No sólo esto, sino también de piedad y sabiduría para captar la ambivalencia del ser humano, incluso en la peor de las situaciones, allí donde el infierno sonríe: la Jovencita  No sólo esto, sino que se puede decir que Tiqqun carece de inteligencia política para perforar la costra imperial y averiguar la fuga de las masas, incluso a través del embrutecimiento del consumo, de esta cárcel gigantesca en la que vivimos.

Por esta razón, entre otras, con demasiada frecuencia Tiqqun es equidistante en los “falsos conflictos” que aparecen en este mundo regulado: por ejemplo, entre Milošević y la OTAN. Seguro que entre Rusia y EEUU, entre Moore y Obama, etc. Por esta misma razón, en el otro extremo, jamás pueden citar a Baudrillard, o lo hacen de modo trucado, pues él representa una revuelta cultural que es indiferente a esa militancia política que configura nuestra ortodoxia y  nuestro encierro. Sobre todo, esta “pureza” ontológica de Tiqqun representa un integrismo minoritario frente al otro, el que ellos llaman imperial.

Justifican de manera genial el retiro de este mundo, más que la intervención en él. Teoríade la Jovencita es enormemente estimulante y enriquecedor, como todo lo de Tiqqun, tanto si nos hechizan como si a veces nos fuerzan a estar en desacuerdo. Es cierto que redefinen dos conceptos de la teoría crítica de los últimos años: Espectáculo (Debord) e Imperio (Negri). Pero la radicalidad con que lo hacen contiene su mayor virtud filosófica y su mayor defecto político. O viceversa, quizás: su mayor virtud política y su mayor debilidad filosófica. Escuchemos: “El espectáculo no es una cómoda síntesis del sistema de los mass-media. Consiste también en la crueldad con que todo nos remite sin tregua a nuestra propia imagen. El imperio no es una especie de entidad supra-celeste, una conspiración planetaria de gobiernos, de redes financieras de tecnócratas y multinacionales. El imperio está allí donde no pasa nada. En cualquier sitio donde estofunciona. Allí donde reina la situación normal” (Llamamiento). Pero fíjense que entonces, y esto supone una seria torsión de la filosofía de Deleuze y Agamben, entonces se llega a confundir Historia y Devenir, Adentro y Afuera.

No hay ya Naturaleza, ni Tierra, ni Pueblos libres del plexo de control que es “Occidente”. Por tanto, en el fondo, Tiqqun no rompe con nuestro prejuicio cultural, aquello que precisamente nos convierte en imperio. La tierra entera, el hombre entero están sometidos a un “cambio climático” que supone que ya no hay afuera, pues el afuera ha pasado adentro. Su enorme caudal de erudición literaria y filosófica no libra a Tiqqun de participar en el encierro global que representa esta época.

Escuchemos: “Incluso en el amor, la Jovencita habla el lenguaje de la economía política y la gestión”. “En realidad, cualquier almuerzo de familia o cualquier reunión de ejecutivos son más obscenos que una escena de eyaculación facial”. Al “exagerar” de este modo, la ontología de Tiqqun es maniquea, habla el lenguaje moralista de lo binario. Y nos mantiene inmaculadamente sobre esta infinita inmanencia que no puede creer en ningún afuera. Nos libra a la vez de tener que implicarnos: de poder infiltrarnos, ser invisibles y realizar milimétricas mutaciones en la superficie.

El libro es precioso, exactamente inolvidable, como es inolvidable ver el mundo con los ojos de otro mundo. Pero, debido a que no recupera el mundo, una vida indiferente a la pesadilla que es la historia, se trata de un libro efímero, circunstancial y dirigido a una selecta minoría.

Finalmente es de temer que esta “metafísica crítica” es ferozmente metafísica, es decir, obscenamente política. Es completamente discutible esa supuesta “doble secesión”: no está claro que Tiqqun escape de la simple oposición al Imperio propia de la “izquierda” y en general de esa mitología política que obsesiona a un Occidente que no soporta el sentido (político e impolítico) de la condición mortal. La simple reiteración maniaca que Tiqqun mantiene con el “negrismo”, con los seguidores de Negri, puede confirmar que Tiqqun vive dentro de otro sectarismo, que escriben contra unos pocos. ¿Vivirían sin ellos?

Marx es también otro signo de limitación intelectual. Tiqqun mantiene una concepción esencialmente hegeliana, nihilista, de lo absoluto. Una concepción “heideggeriana” que no es capaz de volver, de recuperar la inmediatez del ente, el ser del devenir. Tal vez comparten con Marx y casi toda nuestra cultura el mito, típicamente moderno y occidental, de que el mundo es otro, de que se ha roto con la vieja vida. Se ha dado un corte epistemológico, una revolución, y por tanto es necesaria otra revolución para volver a la existencia.

Una existencia, hay que repetirlo, que Marx y Tiqqun jamás reconocerían, pues el tejido biopolítico imperial ocupa todo el horizonte. Pero esto sólo porque el afuera, la existencia impolítica, ellos no pueden verla. En definitiva, estamos ante un libro muy francés, deliciosamente eurocéntrico. No es poco.

Ignacio Castro Rey. Madrid, 31 de marzo de 2012

Seguir dialogando con los espíritus

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Me gusta mucho comer y, si se puede, comer bien y en abundancia; a qué negarlo. Todavía me gusta más alimentar mi curiosidad con frecuencia; si puede ser más de tres veces al día, mejor. Yo salgo, claro, a recolectar y a cazar por mi cuenta. Pero otros quehaceres y obligaciones me dejan con poco tiempo para procurarme el sustento completo. Por eso, por instinto de supervivencia, sigo todo lo de cerca que puedo a los individuos del grupo que, apartándose de los macro mercados que marcan las pautas de la dieta oficial, se han especializado en cultivos alternativos y caza mayor. Son gente que habita en ciertos espacios libres junto a las tribus y me alboroza verlos llegar cuando, con alguna pieza cobrada o cosechados buenos frutos, regresan al calor del fuego para cocinar y compartir.
Jordi Esteva

Últimamente mi sustento llega de seguir el rastro del fotógrafo y escritor Jordi Esteva.

Alertada y enamorada del trabajo de Esteva desde hace mucho, llegué hace algún tiempo a su película documental, Viaje al País de las Almas. Un documento excelente sobre la cultura del animismo, aplaudido en salas y festivales del mundo. Más fuera que dentro de España aunque aquí se quedara a las puertas de los Goya. Una incursión en lo cinematográfico que ha sido una verdadera explosión de talento y verdad y que convierten Retorno en un verdadero imán audiovisual.
Cartel de la película documetal: Retorno al País de las Ánimas,

El libroSocotra, la isla de los genios, (Barcelona, 2011) ha sido su último regalo a la tribu. No es el primer libro de Esteva. Deseo con fervor que no sea el último. Hace mucho tiempo, me parecen mil años, soñé en viajar sin descanso por todo el mundo. El plan era simple: ganaría el dinero suficente para poder hacerlo en mi madurez. Hoy, alcanzada con creces esa etapa de mi vida las circunstancias han elimiando el sueño de un enérgico manotazo. Pero ahí está mi chamán, acercándome la medicina necesaria para el alma cautiva. Con generosidad le presta los ojos a mi curiosidad insatisfecha, la piel, el olfato… y cuando llegan a mi el salitre del mar, el aroma de las pensiones, sus camas, sus cocinas, sus balcones abiertos a la noche y las voces de las gentes, la humedad enmarañada de vegetación y leyendas al rescoldo de una hoguera de campamento… cuando llegan, digo, siento el corazón lleno de aventura por persona interpuesta y desde allí nace mi propia vivencia. Y ya no son más las pisadas del viajero sino las mías las que hollan la arena y mis manos las que se apoyan en el tronco rugoso.

Si además, el hombre que te cuenta el cuento y no acabo de sus singladuras de simbad moderno, es un amigo de los gatos y uno de los mejores fotógrafos españoles del siglo XX, encontramos junto a las descripciones y las fotografías, un hatillo extra de sabias reflexiones. Viene envuelto en algodón del bueno, sin lycras ni barnices de colores que brillen como los falsos national geographics que nos van vendiendo en mucho suplemento dominical y programa de no sé qué canal de viajeros de diseño.

Un tesoro tan a proteger como las mismas ancestrales tradicones y mágicos paisajes que hallan reflejo en la obra gráfica y literaria de Jordi Esteva. Tanto más importante cuando más nos alejamos de la tierra que nos ha parido y nos alimenta aunque estemos empeñados en ser hijos del bit y de la proteina sintética. Yo me confieso usuaria de la tecnología, casi adcita a muchas de sus comodidades, pero reniego de esa soberbia ciega, de ese empeño que empaña y destruye las fuentes de toda ciencia, de todo conocimiento. Esteva, y los hombres como él, me recuerdan, nos recuerdan, que no debemos nunca, jamás, bajo peligro de extinción, dejar de dialogar con la tierra, con el tiempo, con la luz, con la sangre o la savia. No podemos dejar de dialogar con los espíritus. No podemos sin perdernos en la oscuridad, sin llegar a un estado de esterilidad sin retorno.

Dioses de Socotra, ánimas del país de mis ensueños guardad por muchos años a Jordi Esteva, el guardián de mundos necesarios, que tiene mi Goya y mi agradecimiento de viajera imaginaria y lectora fiel.

Nessum dorma

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Hace mucho tiempo alguien me descubrió esta canción y este imtérprete. No quiero confesar cuánto, ni confesar quién fue. Mucho menos confesar lo que sentía entonces; tanto, tanto es el tiempo que ha pasado. Pero sí puedo confesar mi pecado de soberbia, la estúpida vanidad que me hizo fingir que entendía su significado. Lo absurdo de vivir aferrada a la idea de ser inmune a su hechizo fatal.

Nessum dorma, Turandot, Puccini, Aragall

La interpretación de Jaume Aragall no hace sinó verter alcohol en la herida que ha estado abierta desde entonces, qué importa con cuanta intensidad haya tratado de disimularla. Mentirse a uno mismo es la peor de las calamidades. La insensatez máxima. Y sin embargo…

Buenafuente :)

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Andreu Buenafuente. Humorista, hombre de radio, de televisión, escritor, fotógrafo, dibujante, empresario, … ha dicho de sí mismo que hace muchas cosas pero ninguna bien. No estoy en absoluto de acuerdo y, sin su permiso ni el de nadie, me explicaré.

Avatar que utilizó Buenafuente en Twitter, otra de sus aficiones

Hace tanto tiempo que sigo su carrera que sucede esa cosa, entre tierna y absurda, de considerarlo algo mío. Me parece que mantener esa relación con las personas públicas que admiramos y/o respetamos por alguna razón no es malo. Desde el respeto, el cariño y el realismo, insisto, no se me duelen prendas al admitir que este individuo, para mí conocido en lo público y desconocido en lo personal, me aporta muy buenos ratos. No vayamos a pretender más pero tampoco vayamos a pensar que es poco. La realidad es que sí nos conocemos porque en una ocasión, hace mil años, colaboramos profesionalmente pero eso es mera anécdota. Lo que sí me importa resaltar es que a poco que a alguien le gusten las artes del espectáculo y, sobre todo, el arte de la comunicación encontrará en Andreu Buenafuente a un joven maestro. Poco a poco van entrando las canas y los años pero el humor lo mantiene y lo mantendrá, me juego lo que sea, en una envidiable forma mental. Programa tras programa, proyecto tras proyecto ha ido construyendo lo que muchos llaman el Imperio de El Terrat, su productora (suene ahora el tema central de Star Wars como fondo musical). Buenas y estratégicas alianzas, que más de uno critica y/o envidia, e incluso critica por lo mucho que las envidia, lo han llevado a eso que se llama “ser alguien” en el mundo del show bussines. Y ahora, dicen, ha llegado a un punto de su carrera en el que se permite hacer un poco lo que le viene en gana y que va de sobrado. Vale, bueno, de acuerdo. Yo no pienso lo mismo. Me apuesto lo que no tengo, pero me lo apuesto con ganas, a que a Buenafuente le quitas todo lo que ha conseguido durante tantos años y seguiría siendo alguien y seguiría haciendo lo que le viniese en gana. Espero no tener que comprobarlo, pero cuando alguien sabe lo que quiere y quiere lo que hace resulta que el ser puede más que el tener. Lo digo convencidísima.

En su carrera no todo han sido “flors i violes”, como decimos los catalanes. Me consta que le han jugado alguna mala pasada su cerebro hiperactivo y su implicación en el trabajo. Me acuerdo de los que le vaticinaron varios batacazos en su “salida” a territorio nacional español desde el territorio autonómico catalán. Pero Buenafuente siempre ha vuelto por su propio pie. Por mérito propio y por su increíble capacidad de ser líder sin renunciar a la magia indestructible del trabajo en equipo. Me lo han contado, pero además lo he visto cuando aún no tenía presbicia. Hablo de mi, no de él que lleva gafas pero ignoro si lo suyo es vista cansada. Creo que buen ojo no le falta, al menos yo le envidio esa capacidad de estar en la onda de muchos temas. Me provoca su juego entre lo público (no sólo su papel en los medios, sino también su utilización de Twitter o su inmensa colección de fotos y videos personales) y lo privado que mantiene celoso y, a veces, receloso. Ya lo ven: podría estar horas elogiando a Buenafuente, así porque sí. Sin que nadie me lo haya pedido. Pero me apetece. Su trabajo me hace disfrutar, me distrae, me interesa.

Como hace algunas noches, en la gala que organizó a favor de la Fundación Yamuna para construir escuelas en Madagascar. Un éxito absoluto de público y de artistas colaboradores: Manolo García, Santiago Auserón, Joan Vinyals, Love of Lesbians, Berto Romero… Fue un evento impecable, sencillo pero energético al que cada uno acudió con sus razones, muy diversas por supuesto, y que Buenafuente organizó por la suyas, faltaría más. Me gusta cuando nadie engaña a nadie.

Con Berto Romero o el dúo más dinámico.

Sigo al Andreu desde hace tiempo, repito. Le debo mucho a sus monólogos, que me han rescatado de tristezas muy hondas en más de una ocasión, leo con interés las opiniones de su blog aunque no siempre esté de acuerdo con ellas, afortunadamente (¿a que ya les estaba empezando a preocupar mi ciega devoción?), y sus dibujos me intrigan mucho (voy detrás de uno, se sepa)… pero lo que sigo con más asiduidad son sus fotos. Qué obsesión por atrapar la vida raruna. Me gustan las instantáneas que cuelga en su blog, fotos en su mayoría de cámara digital compacta, fotos del momento, fotos rápidas, cogidas al vuelo. Aunque el propio Buenafuente habla de los fotógrafos, los grandes, que le deslumbran por su calidad, que descubre como tesoros. Así define sus cualidades “Sobriedad, pureza, algo de poesía y un regalo para la mente.”

Iba a terminar este post diciendo que Buenafuente me gusta porque le considero un intelectual del humor, un hombre del renacimiento trasladado al siglo XXI y un niño grande que se mete a las gentes en el bolsillo de esa americana que abrocha y desabrocha con el gesto nervioso de quien, tal vez, no quisiera mostrarse tanto ante el público pero no lo puede evitar. Buenafuente, concluiría, es pues inevitable para sí mismo, inimitable e imprescindible para mí.

Pero no. Voy a añadir unas palabras más. Estimado Buenafuente: la curiosidad no mató al gato. La curiosidad es un cualidad made in Buenafuente, a dios, gracias ;)

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